Archivo de 26 febrero 2009

El Papa propone una Cuaresma de conversión

Jueves, 26 de febrero de 2009

Al presidir el rito de las cenizas

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 25 de febrero de 2009 (ZENIT.org).- Al presidir este miércoles el rito de las cenizas, Benedicto XVI inició la Cuaresma lanzando un sentido llamamiento a la conversión.

Y para ello propuso vivir estos cuarenta días que preparan para la pasión, muerte y resurrección de Jesús en permanente escucha de la Palabra de Dios.

El rito comenzó a las 16.30, en la iglesia de San Anselmo, en el monte Aventino de Roma, con un momento de oración, seguido por la procesión penitencial hacia la basílica de Santa Sabina.

En la procesión, participaron los cardenales, obispos, los monjes benedictinos de San Anselmo y los padres dominicos de Santa Sabina y los fieles.

Al final de la procesión, en la basílica de Santa Sabina, el Santo Padre presidió la celebración eucarística, en la que, como un fiel, recibió la imposición de las cenizas.

En la homilía, animó a los presentes a “recibir las cenizas sobre la cabeza como signo de conversión y de penitencia”, aprendo “el corazón a la acción vivificante de la Palabra de Dios”.

“Que la Cuaresma, caracterizada por una escucha cada vez más frecuente de esta Palabra, de una oración mas intensa, y de un estilo de vida austero y penitencial, sea estímulo para la conversión y para el amor sincero hacia los hermanos, especialmente los más pobres y necesitados”, exhortó.

Pero, “¿cómo es posible vencer en la lucha entre la carne y el espíritu, entre el bien y el mal, lucha que marca nuestra existencia?”, se preguntó el Santo Padre.

Respondió haciendo ejercicio de escucha de la Palabra de Dios, citando precisamente el pasaje evangélico de la liturgia del Miércoles de Ceniza que indicaba tres medios fundamentales: “la oración, la limosna y el ayuno”.

Santa Sede: la Iglesia católica, “ancla de salvación” en África

Jueves, 26 de febrero de 2009

Según monseñor Nwachukwu, jefe de Protocolo de la Secretaría de Estado

ROMA, miércoles 25 de febrero de 2009 (ZENIT.org).- “La Iglesia católica constituye un ancla de salvación y en una ocasión de rescate para el continente africano”. Así lo afirmó monseñor Fortunatus Nwachukwu Jefe de Protocolo de la Secretaría de Estado de la Ciudad del Vaticano, el pasado lunes en el Foro promovido en Roma por el Harambee Africa International Onlus .

La asociación internacional Harambee nació en el año 2002, con ocasión de la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, para promover iniciativas educativas en África y sobre África.

“Se habla cada vez más de África, argumento que ahora está de moda”, observó monseñor Nwachukwu. “No pocos personajes públicos suelen hacerse fotografiar con niños africanos, más para acreditar su imagen que para contribuir realmente a la solución de los problemas que afligen a esos niños”.

África, explica el prelado, “necesita sobre todo ser amada; deben vencerse en primer lugar los estereotipos negativos que la pintan inexorablemente como apagada, incapaz, moribunda”.

A la tentación de rendirse o de dejarse llevar por la inercia, afirma, “es necesario oponer la determinación de quien, como la Iglesia católica, se empeña en recoger los mensajes de esperanza lanzados por el continente”.

La Iglesia, recuerda, está presente sobre todo en el área subsahariana y está llamada a “favorecer la reconciliación, la justicia y la paz”, “líneas maestras que permitan poner fin a los conflictos, de aparcar los egoísmos, de vencer las envidias que provocan auténticos fratricidios”.

“Los militares y los políticos han fracasado clamorosamente, precisamente porque se han mostrado exclusivamente atentos a sus propios intereses personales y tribales -denunció monseñor Nwachukwu -; allí donde los misioneros cristianos no han fracasado en absoluto, han llevado hospitales, educación y comida., Muchos han sacrificado incluso su propia vida para llevar la luz del mundo y la sal de la tierra”.

En María resplandece la victoria de Cristo

Domingo, 15 de febrero de 2009

Ángelus – 8/12/2008

El misterio de la Inmaculada Concepción nos recuerda el pecado original y la victoria de la gracia de Cristo sobre él, victoria que resplandece de modo sublime en María Santísima.

Benedicto XVI al final del Ángelus en la Plaza de San Pedro

Benedicto XVI al final del Ángelus en la Plaza de San Pedro

La existencia de lo que la Iglesia llama “pecado original” es de una evidencia
aplastante: basta mirar nuestro entorno y sobre todo dentro de nosotros mismos. En efecto, la experiencia del mal es tan consistente, que se impone por sí misma y suscita en nosotros la pregunta: ¿de dónde procede? Especialmente para un creyente, el interrogante es aún más profundo: si Dios, que es Bondad absoluta, lo ha creado todo, ¿de dónde viene el mal?

La muerte entró en el mundo por la envidia del demonio

Las primeras páginas de la Biblia (Gn 1-3) responden precisamente a esta pregunta fundamental, que interpela a cada generación humana, con el relato de la creación y de la caída de nuestros primeros padres: Dios creó todo para que exista; en particular, creó al hombre a su propia imagen; no creó la muerte, sino que ésta entró en el mundo por envidia del diablo (cf. Sb 1, 13-14; 2, 23-24), el cual, rebelándose contra Dios, engañó también a los hombres, induciéndolos a la rebelión. Es el drama de la libertad, que Dios acepta hasta el fondo por amor, pero prometiendo que habrá un hijo de mujer que aplastará la cabeza de la antigua serpiente (Gn 3, 15).

María, mujer “llena de gracia”

Así pues, desde el principio, el “eterno consejo” —como diría Dante— tiene un “término fijo” (Paraíso, XXXIII, 3): la Mujer predestinada a ser madre del Redentor, madre de Aquel que se humilló hasta el extremo para devolvernos a nuestra dignidad original. Esta Mujer, a los ojos de Dios, tiene desde siempre un rostro y un nombre: “Llena de gracia” (Lc 1, 28), como la llamó el ángel al visitarla en Nazaret. Es la nueva Eva, esposa del nuevo Adán, destinada a ser madre de todos los redimidos. San Andrés de Creta Benedicto XVI al final del Ángelus en la Plaza de San Pedro escribió: “La Theotókos María, el refugio común de todos los cristianos, fue la primera en ser liberada de la primitiva caída de nuestros primeros padres” (Homilía IV sobre la Navidad, PG 97, 880 A). Y la liturgia de hoy afirma que Dios “preparó una digna morada para su Hijo y, en previsión de su muerte, la preservó de toda mancha de pecado” (Oración Colecta).

Queridos hermanos, en María Inmaculada contemplamos el reflejo de la Belleza que salva al mundo: la belleza de Dios que resplandece en el rostro de Cristo. En María esta belleza es totalmente pura, humilde, sin soberbia ni presunción. Así se mostró la Virgen a Santa Bernardita, hace 150 años, en Lourdes, y así se la venera en numerosos santuarios.

Todos los derechos sobre los documentos pontificios quedan reservados a la Librería Editrice Vaticana.
La versión íntegra de los mismos puede ser consultada en www.vatican.va

El Papa pide mayor atención en las nulidades matrimoniales por inmadurez psíquica

Domingo, 15 de febrero de 2009

En la audiencia a los miembros del Tribunal de la Rota Romana

CIUDAD DEL VATICANO, jueves 29 de enero de 2009 (ZENIT.org).- Recibiendo este jueves por la mañana en audiencia a los miembros del Tribunal de la Rota Romana, con ocasión de la solemne inauguración del Año judicial, Benedicto XVI ha advertido contra el peligroso aumento de las declaraciones del nulidad matrimonial con el pretexto de la inmadurez psíquica.

En su reflexión, el Pontífice hizo referencia a dos discursos pronunciados por Juan Pablo II sobre esta cuestión (5 de febrero de 1987 y 25 de enero de 1988), constatando la “gran actualidad” de este problema y la necesidad de que el juez acuda a la ayuda de peritos a la hora de comprobar la existencia de una incapacidad real.

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Del pecado a la libertad

Domingo, 15 de febrero de 2009

Audiencia General del 3 de diciembre de 2008

Si en la fe de la Iglesia maduró la contienda del dogma del pecado original, fue porque está inseparablemente relacionado con otro dogma, el de la salvación y de la libertad en Cristo.

En la catequesis de hoy trataremos sobre las relaciones entre Adán y Cristo, delineadas por San Pablo en la conocida página de la carta a los Romanos (Rm 5, 12-21), en la que entrega a la Iglesia las líneas esenciales de la doctrina sobre el pecado original.

Cristo y Adán: donde abundó el pecado superabundó la gracia

En verdad, ya en la primera carta a los Corintios, tratando sobre la fe en la resurrección, San Pablo había introducido la confrontación entre el primer padre y Cristo: “Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo. [...] Fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente; el último Adán, espíritu que da vida” (1 Co 15, 22.45). Con Rm 5, 12-21 la confrontación entre Cristo y Adán se hace más articulada e iluminadora: San Pablo recorre la historia de la salvación desde Adán hasta la Ley y desde ésta hasta Cristo. En el centro de la escena no se encuentra Adán, con las consecuencias del pecado sobre la humanidad, sino Jesucristo  y la gracia que, mediante Él, ha sido derramada abundantemente sobre la humanidad. La repetición del “mucho más” referido a Cristo subraya cómo el don recibido en Él sobrepasa con mucho al pecado de Adán y sus consecuencias sobre la humanidad, hasta el punto de que San Pablo puede llegar a la conclusión: “Pero donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5, 20). Por tanto, la confrontación que San Pablo traza entre Adán y Cristo pone de manifiesto la inferioridad del primer hombre respecto a la superioridad del segundo.

Audiencia general del miércoles, 3 de diciembre de 2008, en la sala Pablo VI

Audiencia general del miércoles, 3 de diciembre de 2008, en la sala Pablo VI

Por otro lado, para poner de relieve el inconmensurable don de la gracia, en Cristo, San Pablo alude al pecado de Adán: se podría decir que, si no hubiera sido para demostrar la centralidad de la gracia, Él no se habría entretenido en hablar del pecado que “a causa de un solo hombre entró en el mundo y, con el pecado, la muerte” (Rm 5, 12). Por eso, si en la fe de la Iglesia ha madurado la conciencia del dogma del pecado original, es porque este está inseparablemente vinculado a otro dogma, el de la salvación y la libertad en Cristo. Como consecuencia, nunca deberíamos tratar sobre el pecado de Adán y de la humanidad separándolos del contexto de la salvación, es decir, sin situarlos en el horizonte de la justificación en Cristo.

¿Existe o no el pecado original?

Pero, como hombres de hoy, debemos preguntarnos: ¿Qué es el pecado original? ¿Qué enseña San Pablo? ¿Qué enseña la Iglesia? ¿Es sostenible también hoy esta doctrina? Muchos piensan que, a la luz de la historia de la evolución, no habría ya lugar para la doctrina de un primer pecado, que después se difundiría en toda la historia de la humanidad. Y, en consecuencia, también la cuestión de El don recibido en Cristo sobrepasa con mucho al pecado de Adán y sus consecuencias sobre la humanidad. Y, en consecuencia, también la cuestión dela Redención y del Redentor perdería su fundamento. Por tanto: ¿existe el pecado original o no?

Para poder responder debemos distinguir dos aspectos de la doctrina sobre el pecado original. Existe un aspecto empírico, es decir, una realidad concreta, visible —yo diría, tangible— para todos; y un aspecto misterioso, que concierne al fundamento ontológico de este hecho.

En nuestro ser existe una contradicción interior

El dato empírico es que existe una contradicción en nuestro ser. Por una parte, todo hombre sabe que debe hacer el bien e íntimamente también lo quiere hacer. Pero, al mismo tiempo, siente otro impulso a hacer lo contrario, a seguir el camino del egoísmo, de la violencia, a hacer sólo lo que le agrada, aun sabiendo que así actúa contra el bien, contra Dios y contra el prójimo.

San Pablo en su carta a los Romanos expresó esta contradicción en nuestro ser con estas palabras: “Querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero” (Rm 7, 18-19). Esta contradicción interior de nuestro ser no es una teoría. Cada uno de nosotros la experimenta todos los días. Y sobre todo vemos siempre cómo en torno a nosotros prevalece esta segunda voluntad. Basta pensar en las noticias diarias sobre injusticias, violencia, mentira, lujuria. Lo vemos cada día: es un hecho.

Como consecuencia de este poder del mal en nuestra alma, se ha desarrollado en la historia un río sucio que envenena la geografía de la historia humana. El gran pensador francés Blaise Pascal habló de una “segunda naturaleza”, que se superpone a nuestra naturaleza originaria, buena. Esta “segunda naturaleza” nos presenta el mal como algo normal para el hombre. Así también la típica expresión “esto es humano” tiene un doble significado. “Esto es humano” puede querer decir: este hombre es bueno, realmente actúa como debería actuar un hombre. Pero “esto es humano” puede también querer decir algo falso: el mal es normal, es humano. El mal parece haberse convertido en una segunda naturaleza. Esta contradicción del ser humano, de nuestra historia, debe provocar, y provoca también hoy, el deseo de redención. En realidad, el deseo de que el mundo cambie y la promesa de que se creará un mundo de justicia, de paz y de bien, está presente en todas partes: por ejemplo, en la política todos hablan de la necesidad de cambiar el mundo, de crear un mundo más justo. Y precisamente esto es  expresión del deseo de que haya una liberación de la contradicción que experimentamos en nosotros mismos.

¿Cómo se explica ese mal?

Por tanto, el hecho del poder del mal en el corazón humano y en la historia humana es innegable. La cuestión es: ¿cómo se explica este mal?
En la historia del pensamiento, prescindiendo de la fe cristiana, existe un modelo principal de explicación, con algunas variaciones. Este modelo dice: el ser mismo es contradictorio, lleva en sí tanto el bien como el mal. En la Antigüedad esta idea implicaba la opinión de que existían dos principios igualmente originarios: un principio bueno y un principio malo. Este dualismo sería insuperable: los dos principios están al mismo nivel, y por ello existirá siempre, desde el origen del ser, esta contradicción. Así pues, la contradicción de nuestro ser reflejaría sólo la contrariedad de los dos principios divinos, por decirlo así.

En la versión evolucionista, atea, del mundo vuelve de un modo nuevo esa misma visión. Aunque, en esa concepción, la visión del ser es monista, se supone que el ser como tal desde el principio lleva en sí el bien y el mal. El ser mismo no es simplemente bueno, sino abierto al bien y al mal. El mal es tan originario como el bien. Y la historia humana desarrollaría solamente el modelo ya presente en toda la evolución precedente. Lo que los cristianos llaman pecado original sólo sería en realidad el carácter mixto del ser, una mezcla de bien y de mal que, según esta teoría, pertenecería a la naturaleza misma del ser. En el fondo, es una visión desesperada: si es así, el mal es invencible. Al final sólo cuenta el propio interés. Y todo progreso habría que pagarlo necesariamente con un río de mal, y quien quisiera servir al progreso debería aceptar pagar este precio. La política, en el fondo, está planteada sobre estas premisas, y vemos sus efectos. Este pensamiento moderno, al final, sólo puede crear tristeza y cinismo.

El mal es resultado de una libertad de la cual se abusó

Así,  preguntamos de nuevo: ¿Qué dice la fe, atestiguada por San Pablo? Como primer punto, la fe confirma el hecho de la competición entre ambas naturalezas, el hecho de este mal cuya sombra pesa sobre toda la creación. Hemos escuchado el capítulo 7 de la carta a los Romanos, pero podríamos añadir el capítulo 8. El mal existe, sencillamente. Como explicación, en  contraste con los dualismos y los monismos que hemos considerado brevemente y que nos han parecido desoladores, la fe nos dice: existen dos misterios de luz y un misterio de noche, que sin embargo está rodeado por los misterios de luz. El primer misterio de luz es este: la fe nos dice que no hay dos principios, uno bueno y uno malo, sino que hay un solo principio, el Dios creador, y este principio es bueno, sólo bueno, sin sombra de mal. Por eso, tampoco el ser es una mezcla de bien y de mal; el ser como tal es bueno y por eso es un bien existir, es un bien vivir. Este es el gozoso anuncio de la fe: sólo hay una fuente buena, el Creador. Así pues, vivir es un bien; ser hombre, mujer, es algo bueno; la vida es un bien. Después sigue un misterio de oscuridad, de noche. El mal no viene de la fuente del ser mismo, no es igualmente originario. El mal viene de una libertad creada, de una libertad que abusa.

¿Cómo ha sido posible, cómo ha sucedido? Esto permanece oscuro. El mal no es lógico. Sólo Dios y el bien son lógicos, son luz. El mal permanece misterioso. Se lo representa con grandes imágenes, como lo hace el capítulo 3 del Génesis, con la visión de los dos árboles, de la serpiente, del hombre pecador. Una gran imagen que nos hace adivinar, pero que no puede explicar lo que es en sí mismo ilógico. Podemos adivinar, no explicar; ni siquiera podemos narrarlo como un hecho junto a otro, porque es una realidad más profunda. Sigue siendo un misterio de oscuridad, de noche.

Pero se le añade inmediatamente un misterio de luz. El mal viene de una fuente subordinada. Dios con su luz es más fuerte. Por eso, el mal puede ser superado. Por eso la criatura, el hombre, es curable. Las visiones dualistas, incluido el monismo del evolucionismo, no pueden decir que el hombre es curable; pero si el mal procede sólo de una fuente subordinada, es cierto que el hombre puede curarse. Y el libro de la Sabiduría dice: “Las criaturas del mundo son saludables” (Sb 1, 14).

Y finalmente, como último punto, el hombre no sólo se puede curar, de hecho está curado. Dios ha introducido la curación. Ha entrado personalmente en la Historia. A la permanente fuente del mal ha opuesto una fuente de puro bien. Cristo  crucificado y resucitado, nuevo Adán, opone al río sucio del mal un río de luz. Y este río está presente en la Historia: son los santos, los grandes santos, pero también los santos humildes, los simples fieles. El río de luz que  procede de Cristo está presente, es poderoso.

Hermanos y hermanas, es tiempo de Adviento. En el lenguaje de la Iglesia la palabra Adviento tiene dos significados: presencia y espera. Presencia: la luz está presente, Cristo es el nuevo Adán, está con nosotros y en medio de nosotros. Ya brilla la luz y debemos abrir los ojos del corazón para verla, para introducirnos en el río de la luz. Sobre todo, debemos agradecer el hecho de que Dios mismo ha entrado en la Historia como nueva fuente de bien. Pero Adviento quiere decir también espera. La noche oscura del mal es aún fuerte. Por ello rezamos en Adviento con el antiguo pueblo de Dios: “Rorate caeli desuper”. Y oramos con insistencia: Ven Jesús; ven, da fuerza a la luz y al bien; ven a donde domina la mentira, la ignorancia de Dios, la violencia, la injusticia; ven, Señor Jesús, da fuerza al bien en el mundo y ayúdanos a ser portadores de tu luz, agentes de paz, testigos de la verdad. ¡Ven, Señor Jesús!

¿Cuál es la peor lepra?

Domingo, 15 de febrero de 2009

Comentario al Evangelio — Domingo VI del Tiempo Ordinario


Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.
(www.joaocladias.org.br)
Presidente General de los Heraldos del Evangelio

La “lepra” del alma es más contagiosa y terrible que el mal de Hansen, pues arranca la paz de conciencia, amarga la vida y prepara la muerte eterna. Si fuera tan visible como la lepra física, ¡cuánto más repulsiva sería a nuestros ojos!


Evangelio:

Vino hacia Él un leproso que, suplicando de rodillas, le decía: ‘Si quieres, puedes limpiarme’. Enternecido, Jesús extendió su mano, le tocó y dijo: ‘Quiero, queda limpio’. Al instante desapareció la lepra y quedó limpio. Y amonestándole severamente, le despidió, diciéndole: ‘Mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirvas de testimonio’. Pero él, en cuanto se fue, comenzó a pregonar a voces la noticia, de manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios. Y acudían a Él de todas partes”. (Mc 1, 40-45)

I – Omnipotencia del Verbo

Jesúys cura al leproso

Jesús cura al leproso

Jesucristo dio a conocer su humanidad con su nacimiento en una gruta de Belén, con su hambre, sed o cansancio, e incluso cuando se durmió en la barca. Por otro lado, manifestó su divinidad a través de los innumerables milagros realizados, por ejemplo cuando calmó los vientos y el oleaje con el imperio de su Voz, o cuando resucitó a Lázaro. Cristo, como Ser infinito, es todopoderoso 1, y por eso, excluyendo lo contradictorio, todas las posibilidades son objeto de su poder. “Omnipotente” es el nombre propio de Dios (Gén 17,1), ya que basta su sola Palabra para producir a todas las criaturas (Gén 1, 3-30).


Los milagros de Jesús prueban su divinidad

Ahora bien, Santo Tomás de Aquinos enseña que, como la naturaleza humana de Cristo está unida a la divina, Él recibió como Hombre la misma omnipotencia que el Hijo de Dios tiene desde la eternidad, ya que ambas naturalezas poseen hipostáticamente una sola y única Persona. 2 La propia alma adorable de Cristo, no por sí misma sino como instrumento del Verbo, tiene completo poder. 3 Tal es la razón por la cual Cristo Jesús dominaba cualquier enfermedad (Mt 8,8), perdonaba los pecados (Mt 9,6; Mc 2, 9-11), expulsaba los demonios (Mc 3,15), etc. Por eso mismo, Él pudo afirmar: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18); y más tarde, San Pablo insistiría en este punto fundamental de nuestra fe: “Para nosotros es fuerza de Dios” (1 Cor 1,18); “Cristo es fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Cor 1,24); y más adelante: “nos resucitará también a nosotros por su poder” (1 Cor 6,14). (más…)

Devoción de los siete domingos anteriores a la festividad de San José (19 de Marzo)

Lunes, 9 de febrero de 2009

PRIMER DOMINGO

El dolor: cuando estaba dispuesto a repudiar a su inmaculada esposa.
La alegría: cuando el Arcángel le reveló el sublime misterio de la encarnación.

jose_escena_1Oh castísimo esposo de María, glorioso San José, ¡qué aflicción y angustia la de vuestro corazón en la perplejidad en que estabais sin saber si debíais abandonar o no a vuestra esposa sin mancilla! Pero ¡cuál no fue también vuestra alegría cuando el ángel os reveló el gran misterio de la Encarnación!

Por este dolor y este gozo os pedimos consoléis nuestro corazón ahora y en nuestros últimos dolores, con la alegría de una vida justa y de una santa muerte semejante a la vuestra, asistidos de Jesús y de María.

Padrenuestro, Ave y Gloria.

SEGUNDO DOMINGO

El dolor: al ver nacer el niño Jesús en la pobreza.
La alegría: al escuchar la armonía del coro de los ángeles y observar la gloria de esa noche.

Oh bienaventurado patriarca, glorioso San José, escogido para ser padre adoptivo del Hijo de Dios hecho hombre: el dolor que sentisteis viendo nacer al niño Jesús en tan gran pobreza se cambió de pronto en alegría celestial al oír el armonioso concierto de los ángeles y al contemplar las maravillas de aquella noche tan resplandeciente.

Por este dolor y gozo alcanzadnos que después del camino de esta vida vayamos a escuchar las alabanzas de los ángeles y a gozar de los resplandores de la gloria celestial.

Padrenuestro, Ave y Gloria

TERCER DOMINGO

El dolor: cuando la sangre del niño Salvador fue derramada en su circuncisión.
La alegría: dada con el nombre de Jesús.

Oh ejecutor obedientísimo de las leyes divinas, glorioso San José: la sangre preciosísima que el Redentor Niño derramó en su circuncisión os traspasó el corazón; pero el nombre de Jesús que entonces se le impuso, os confortó y llenó de alegría.

Por este dolor y este gozo alcanzadnos el vivir alejados de todo pecado, a fin de expirar gozosos, con el santísimo nombre de Jesús en el corazón y en los labios.

Padrenuestro, Ave y Gloria

CUARTO DOMINGO

El dolor: la profecía de Simeón, al predecir los sufrimientos de Jesús y María.
La alegría: la predicción de la salvación y gloriosa resurrección de innumerables almas.

Oh Santo fidelísimo, que tuvisteis parte en los misterios de nuestra redención, glorioso San José; aunque la profecía de Simeón acerca de los sufrimientos que debían pasar Jesús y María os causó dolor mortal, sin embargo os llenó también de alegría, anunciándoos al mismo tiempo la salvación y resurrección gloriosa que de ahí se seguiría para un gran número de almas.

Por este dolor y por este gozo conseguidnos ser del número de los que, por los méritos de Jesús y la intercesión de la bienaventurada Virgen María, han de resucitar gloriosamente.

Padrenuestro, Ave y Gloria.

QUINTO DOMINGO

El dolor: en su afán de educar y servir al Hijo del Altísimo, especialmente en el viaje a Egipto.
La alegría: al tener siempre con él a Dios mismo, y viendo la caída de los ídolos de Egipto.

Oh custodio vigilante, familiar íntimo del Hijo de Dios hecho hombre,jose_escena_2 glorioso San José, ¡cuánto sufristeis teniendo que alimentar y servir al Hijo del Altísimo, particularmente en vuestra huida a Egipto!, pero cuán grande fue también vuestra alegría teniendo siempre con Vos al mismo Dios y viendo derribados los ídolos de Egipto.

Por este dolor y este gozo, alcanzadnos alejar para siempre de nosotros al tirano infernal, sobre todo huyendo de las ocasiones peligrosas, y derribar de nuestro corazón todo ídolo de afecto terreno, para que, ocupados en servir a Jesús y María, vivamos tan sólo para ellos y muramos gozosos en su amor.

Padrenuestro, Ave y Gloria.

SEXTO DOMINGO

El dolor: a regresar a su Nazaret por el miedo a Arquelao.
La alegría: al regresar con Jesús de Egipto a Nazaret y la confianza establecida por el Ángel.

Oh ángel de la tierra, glorioso San José, que pudisteis . admirar al Rey de los cielos, sometido a vuestros más mínimos mandatos; aunque la alegría al traerle de Egipto se turbó por temor a Arquelao, sin embargo, tranquilizado luego por el ángel, vivisteis dichoso en Nazaret con Jesús y María.

Por este dolor y este gozo, alcanzadnos la gracia de desterrar de nuestro corazón todo temor nocivo, poseer la paz de conciencia, vivir seguros con Jesús y María y morir también asistidos por ellos.

Padrenuestro, Ave y Gloria.

SÉPTIMO DOMINGO

El dolor: cuando sin culpa pierde a Jesús, y lo busca con angustia por tres días.
La alegría: al encontrarlo en medio de los doctores en el Templo.

Oh modelo de toda santidad, glorioso San José, que habiendo perdido sin culpa vuestra al Niño Jesús, le buscasteis durante tres días con profundo dolor, hasta que, lleno de gozo, le hallasteis en el templo, en medio de los doctores.

Por este dolor y este gozo, os suplicamos con palabras salidas del corazón, intercedáis en nuestro favor para que jamás nos suceda perder a Jesús por algún pecado grave. Mas, si por desgracia le perdiéramos, haced que le busquemos con tal dolor que no hallemos sosiego hasta encontrarle benigno sobre todo en nuestra muerte, a fin de ir a gozarle en el cielo y cantar eternamente con Vos sus divinas misericordias.

Padrenuestro, Ave y Gloria.

GOZOS DEL GLORIOSO PATRIARCA Y ESPOSO DE MARÍA SAN JOSÉ

Pues sois santo sin igual
y de Dios el más honrado:
sed, José, nuestro abogado
en esta vida mortal.

Antes que hubieseis nacido, ya fuisteis santificado,
y ab eterno destinado
para ser favorecido:
nacisteis de esclarecido
linaje y sangre real.
Sed, José…

Vuestra vida fue tan pura
que en todo sois sin segundo:
después de María, el mundo
no vio más santa criatura;
y así fue vuestra ventura
entre todos sin igual.
Sed, José…

Vuestra santidad declara
aquel caso soberano,
cuando en vuestra santa mano
floreció la seca vara;
y porque nadie dudara,
hizo el cielo esta señal.
Sed, José…

A vista de este portento,
todo el mundo os respetaba,
y parabienes os daba
con alegría y contento;
publicando el casamiento
con la Reina celestial.
Sed, José…

Con júbilo recibisteis
a María por esposa,
Virgen pura, santa, hermosa,
con la cual feliz vivisteis,
y por ella conseguisteis
dones y luz celestial.
Sed, José..

Oficio de carpintero
ejercitasteis en vida,
para ganar la comida
a Jesús, Dios verdadero,
y a vuestra Esposa, lucero,
compañera virginal.
Sed, José…

Vos y Dios con tierno amor
daba el uno al otro vida,
Vos a El con la comida,
y El a Vos con su sabor:
Vos le disteis el sudor,
y Él os dio vida inmortal.
Sed, José…

Vos fuisteis la concha fina,
en donde con entereza
se conservo la pureza
de aquella Perla divina,
vuestra Esposa y Madre digna,
la que nos sacó de mal.
Sed, José…

Cuando la visteis en Cinta,
fue grande vuestra tristeza; sin condenar su pureza,
tratabais vuestra jornada;
estorbóla la embajada
de aquel Nuncio celestial.
Sed, José…

No tengáis ¡oh José! espanto,
el Paraninfo decía:
lo que ha nacido en María,
es del Espíritu Santo:
vuestro consuelo fue tanto,
cual pedía caso tal.
Sed, José…

Vos sois el hombre primero
que visteis a Dios nacido;
en vuestros brazos dormido tuvisteis aquel Lucero,
siendo vos el tesorero
de aquel inmenso caudal.
Sed, José…

Por treinta años nos guardasteis
aquel Tesoro infinito
en Judea, y en Egipto
a donde lo retirasteis;
entero nos conservasteis
aquel rico mineral.
Sed, José…

Cuidado, cuando perdido,
os causó y gran sentimiento
que se os volvió en contento
del cielo restituido;
de quien siempre obedecido
sois con amor filial.
Sed, José…

A vuestra muerte dichosa,
estuvo siempre con Vos
el mismo humanado Dios,
con María vuestra Esposa:
y para ser muy gloriosa,
vino un coro angelical.
Sed, José…

Con Cristo resucitasteis
en cuerpo y alma glorioso,
y a los cielos victorioso
vuestro Rey acompañasteis,
a su derecha os sentasteis
haciendo coro especial.
Sed, José…

Allá estáis como abogado
de todos los pecadores,
alcanzando mil favores
al que os llama atribulado:
ninguno desconsolado
salió de este tribunal
Sed, José…

Los avisos que leemos
de Teresa nuestra madre,
por abogado y por padre
nos exhorta que os tomemos:
el alma y cuerpo sabemos
que libráis de todo mal
Sed, José…

Pues sois santo sin igual
y de Dios el más honrado,
sed, José, nuestro abogado en esta vida mortal.

La imagen peregrina de Fátima visita los hogares de las familias terciarias

Domingo, 1 de febrero de 2009

p1020127Al llegar la imagen a nuestras casas hacemos de nuestros corazones un fecundo hogar para que la Madre peregrina nos visite y nos colme de bendiciones. Es un motivo para invitar a nuestros amigos a rezar juntos pues María despierta “un instinto evangélico”, es signo de “Ecclesia”, ella aviva el corazón filial que late en cap1020116da uno de nosotros. Como mujer, tiene presencia femenina: crea ambiente familiar, despierta la acogida, el amor y respeto por la vida. Suscita en todos los creyentes las plegarias de la ternura, del dolor y de la esperanza.

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Cuando llega a nuestras casas le buscamos un lugar de honor y juntos rezamos el santo rosario, en las preces cada uno de los asistentes hace su pedido especial y comunitario. Hubo gente como Carmen que se puso de rodillas ante la imagen durante todo el rosario. Al final entonamos juntos la Salve Regina y la gente quedo muy entusiasmada y pidiendo que vuelva cuanto antes la imagen para poder reunirnos en nuestras casas como una comunidad cristiana.

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Después del rosario un ágape


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