Archivo de 23 febrero 2010

Faustino Pérez-Manglano Magro

Martes, 23 de febrero de 2010

Faustino Pérez-Manglano Magro que murió de cáncer con 16 años, se convertiría en el beato más joven de la Iglesia valenciana. El Vaticano aprueba las «virtudes heroicas» de Faustino

«Voy a ser un pescador de almas. Lo he pensado mucho y me gustaría ir, como religioso marianista, a Sudamérica, donde tanta falta hacen manos para salvar a las almas». Nunca viajó a Sudamérica Faustino Pérez Manglano, pero los sueños inocentes de este niño valenciano han sido, quizá, más grandiosos de lo que él hubiera podido imaginar.

El congreso de teólogos de la Santa Sede ha aprobado las «virtudes heroicas» vividas por el joven, que murió de cáncer con apenas 16 años. La causa se traslada ahora al congreso de cardenales y obispos del Vaticano que, de ratificarlo, «propiciará que el papa Benedicto XVI pueda firmar el decreto de virtudes heroicas, con lo que Faustino pasaría a ser declarado ‘venerable’», según informó el Arzobispado.

Su biógrafo y profesor en el colegio del Pilar, el padre José M.ª Salaverri, asegura que su alumno asumió su muerte con naturalidad después de dar un testimonio excepcional durante toda su vida y hasta el último momento.

Nació en Valencia (España) el 4 de agosto de 1946. Fue alumno del Colegio Nuestra Señora del Pilar desde los seis años hasta su muerte, el 3 de marzo de 1963, víctima de la enfermedad de Hodgkin, cuando cursaba Preuniversitario (C.O.U.).

Alegre, simpático, entusiasta del deporte, del camping, de todo lo bueno. Pocos podían sospechar la grandeza de alma que se escondía en el cuerpo menudo de este chico sencillo y amigo de todos: su fidelidad a toda prueba, su voluntad de hierro, su amor intenso a Cristo, su cariño filial a la Virgen. Miembro de la Congregación-Estado de María Inmaculada (C.E.M.I.) desde 1962, el 9 de febrero de 1963, después de recibir la unción de los enfermos, hace su consagración definitiva.

Sintiendo en sí, desde 1960, la llamada del Señor, su gran ideal fue consagrar su vida a la salvación de los hombres como religioso marianista; prometiendo, antes de morir, ocuparse desde el cielo de las vocaciones.

A través de su diario puede rastrearse un poco la obra del Espíritu Santo en su alma totalmente entregada al Señor.

«No se quejaba nunca. Se levantaba, hinchado y sin pelo como estaba por la quimioterapia, para ir al colegio. Tenía una fuerza de voluntad tremenda y además sacaba unas buenísimas calificaciones. Cuando el protagonista es un pequeño que está en la flor de la vida escuchar a quienes le conocieron hablar de «abnegación y una vida entregada al sufrimiento» es sorprendente. Y lo es más leerlo de su boca en estas palabras recogidas en «Tal vez me hable Dios», su biografía: «Estoy dispuesto a recibir de Dios todos los pequeños sufrimientos que quiera mandarme. Son tan insignificantes y los recibo con tanto gusto que son felicidades.»

Pero también era un niño como todos. Le encantaba el fútbol, el cine, salir con los amigos o ir de camping con los compañeros del colegio siempre que su enfermedad se lo permitía

Su biografía está traducida al italiano, francés, inglés, húngaro, polaco, alemán, portugués,  japonés, entre otros muchos idiomas.

FRASES DE FAUSTINO: Voy a intentar la ascética del sí: decir sí a todo lo bueno.”

“Estoy dispuesto a recibir de Dios todos los pequeños sufrimientos que quiera mandarme. Son tan insignificantes y los recibo con tanto gusto que son felicidades.”

“Jesús, haz que ame a María, no sólo porque es pura, bella, buena, compasiva, Madre mía, sino porque es Madre tuya y Tú la amas infinitamente. Oh Jesús, hazme participar de tu amor a María. Haz que la ame como Tú.”

“Soy muy feliz. No sé lo que me pasa. Se siente algo por dentro de uno. Un amor tan enorme hacia Él, que me ha llevado siempre tan de la mano, que no me ha dejado caer, ni una sola vez, en pecado mortal. No sé lo que son los problemas. Gracias, Cristo, por darme este bienestar interior tan maravilloso. Te estoy muy agradecido. “”Es maravilloso pensar que voy a estar toda la vida al servicio de Jesús y de María. Voy a ser un pescador de almas”.

El Rvdo. P. Luis María Salaverri

El P. Salaverri, biógrafo y profesor de Faustino Pérez-Manglano con la autora

Benedicto XVI: Cuaresma, tomarse en serio la conversión

Miércoles, 17 de febrero de 2010

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 17 de febrero de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la catequesis del Papa Benedicto XVI, durante la Audiencia General celebrada hoy en el Aula Pablo VI con peregrinos de los cinco continentes.

******

Queridos hermanos y hermanas

iniciamos hoy, Miércoles de Ceniza, el camino cuaresmal: un camino que se extiende durante cuarenta días y que nos lleva a la alegría de la Pascua del Señor. En este itinerario espiritual no estamos solos, porque la Iglesia nos acompaña y nos sostiene desde el principio con la Palabra de Dios, que encierra un programa de ida espiritual y de compromiso penitencial, y con la gracia de los Sacramentos.

Son las palabras del apóstol Pablo las que nos ofrecen una consigna precisa: “os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios. Pues dice él: ‘En el tiempo favorable te escuché y en el día de salvación te ayudé’. Mirad ahora el momento favorable; mirad ahora el día de salvación” (2Cor 6,1-2). En verdad, en la visión cristiana de la vida cada momento debe decirse favorable y cada día debe llamarse día de salvación, pero la liturgia de la Iglesia refiere estas palabras de modo muy particular al tiempo de la Cuaresma. Y que los cuarenta días de preparación de la Pascua sean un tiempo favorable y de gracia lo podemos entender precisamente en la llamada que el austero rito de la imposición de las cenizas nos dirige y que se expresa, en la liturgia, con dos fórmulas: “Convertíos y creed en el Evangelio”, y “Recuerda que eres polvo, y al polvo volverás”.

La primera llamada es a la conversión, palabra que hay que tomar en su extraordinaria seriedad, descubriendo la sorprendente novedad que encierra. La llamada a la conversión, de hecho, pone al desnudo y denuncia la fácil superficialidad que caracteriza muy a menudo nuestro modo de vivir. Convertirse significa cambiar de dirección en el camino de la vida: pero no para un pequeño ajuste, sino con una verdadera y total inversión de la marcha. Conversión es ir contracorriente, donde la “corriente” es el estilo de vida superficial, incoherente e ilusorio, que a menudo nos arrastra, nos domina y nos hace esclavos del mal o en todo caso prisioneros de la mediocridad moral. Con la conversión, en cambio, se apunta a la medida alta de la vida cristiana, se nos confía al Evangelio vivo y personal, que es Cristo Jesús. Su persona es la meta final y el sentido profundo de la conversión, él es el camino sobre el que estamos llamados a caminar en la vida, dejándonos iluminar por su luz y sostener por su fuerza que mueve nuestros pasos. De esta forma la conversión manifiesta su rostro más espléndido y fascinante: no es una simple decisión moral, que rectificar nuestra conducta de vida, sino que es una decisión de fe, que nos implica enteramente en la comunión íntima con la persona viva y concreta de Jesús. Convertirse y creer en el Evangelio no son dos cosas distintas o de alguna forma sólo cercanas entre sí, sino que expresan la misma realidad. La conversión es el “sí” total de quien entrega su propia existencia al Evangelio, respondiendo libremente a Cristo, que primero se ofreció al hombre como camino, verdad y vida, como aquel que lo libera y lo salva. Precisamente este es el sentido de las primeras palabras con las que, según el evangelista Marcos, Jesús abre la predicación del “Evangelio de Dios”: “”El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1,15).

El “convertíos y creed en el Evangelio” no está solo en el inicio de la vida cristiana, sino que acompaña todos sus pasos, permanece renovándose y se difunde ramificándose en todas sus expresiones. Cada día es momento favorable de gracia, porque cada día nos invita a entregarnos a Jesús, a tener confianza en Él, a permanecer en Él, a compartir su estilo de vida, a aprender de Él el amor verdadero, a seguirle en el cumplimiento cotidiano de la voluntad del Padre, la única gran ley de vida. Cada día, aún cuando no faltan las dificultades y las fatigas, los cansancios y las caídas, aún cuando estamos tentados de abandonar el camino de seguimiento de Cristo y de cerrarnos en nosotros mismos, en nuestro egoísmo, sin darnos cuenta de la necesidad que tenemos de abrirnos al amor de Dios en Cristo, para vivir la misma lógica de justicia y de amor. En el reciente Mensaje para la Cuaresma he querido recordar que “se necesita humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo ‘mío’, para darme gratuitamente lo ‘suyo’. Esto sucede particularmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias al amor de Cristo, podemos entrar en la justicia ‘más grande’, que es la del amor (cfr Rm 13,8-10), la justicia de quien se siente en todo momento más deudor que acreedor, porque ha recibido más de cuanto podía esperar” (L’Oss. Rom. 5 de febrero de 2010, p. 8).

El momento favorable y de gracia de la Cuaresma nos muestra el propio significado espiritual también a través de la antigua fórmula: “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás”, que el sacerdote pronuncia cuando impone sobre nuestra cabeza un poco de ceniza. Somos así remitidos a los inicios de la historia humana, cuando el Señor dijo a Adán tras la culpa de los orígenes: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás” (Gen 3,19). Aquí, la palabra de Dios nos recuerda nuestra fragilidad, incluso nuestra muerte, que es su forma extrema. Frente al innato miedo del fin, y aún más en el contexto de una cultura que de tantas formas tiende a censurar la realidad y la experiencia humana del morir, la liturgia cuaresmal, por un lado, nos recuerda la muerte invitándonos al realismo y a la sabiduría, pero, por otro lado, nos empuja sobre todo a coger y a vivir la novedad inesperada de que la fe cristiana libera de la realidad de la misma muerte.

El hombre es polvo y al polvo volverá, pero es polvo precioso a los ojos de Dios, porque Dios ha creado al hombre destinándolo a la inmortalidad. Así la fórmula litúrgica “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás” encuentra la plenitud de su significado en referencia al nuevo Adán, Cristo. También el Señor Jesús quiso libremente compartir con cada hombre la suerte de a fragilidad, en particular a través de su muerte en cruz; pero precisamente esta muerte, llena de su amor por el Padre y por la humanidad, ha sido el camino para la resurrección gloriosa, a través de la cual Cristo se ha convertido en fuente de una gracia dada a cuantos creen en Él y son hechos partícipes de la misma vida divina. Esta vida que no tendrá fin está ya presente en la fase terrena de nuestra existencia, pero será llevada a cumplimiento tras la “resurrección de la carne” El pequeño gesto de la imposición de las cenizas nos revela la singular riqueza de su significado: es una invitación a recorrer el tiempo de Cuaresma como una inmersión más consciente y más intensa en el misterio pascual de Cristo, en su muerte y su resurrección, mediante la participación en la Eucaristía y en la vida de caridad, que de la Eucaristía nace y en la que encuentra su cumplimiento. Con la imposición de las cenizas renovamos nuestro compromiso de seguir a Jesús, de dejarnos transformar por su misterio pascual, para vencer el mal y hacer el bien, ara hacer morir nuestro “hombre viejo” ligado al pecado y hacer nacer al “hombre nuevo” transformado por la gracia de Dios.

¡Queridos amigos! Mientras nos apresuramos a emprender el austero camino cuaresmal, queremos invocar con particular confianza la protección y el auxilio de la Virgen María. Que sea Ella, la primera creyente en Cristo, quien nos acompañe en estos cuarenta días de intensa oración y de sincera penitencia, para llegar a celebrar, purificados y completamente renovados en la mente y en el espíritu, el gran misterio de la Pascua de su Hijo.

¡Buena Cuaresma a todos!

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]


El Papa previene contra la tentación de “hacer carrera” en la Iglesia

Jueves, 4 de febrero de 2010

Al recordar a santo Domingo de Guzmán

Santo Domingo de Guzmán - Fra Angélico

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 3 de febrero de 2010 (ZENIT.org).- Siguiendo con su ciclo de catequesis sobre la historia de la teología en la Iglesia en la Edad Media, tras la catequesis sobre san Francisco de Asís, el Papa Benedicto XVI dedicó hoy su intervención a hablar sobre el otro gran fundador del siglo XIII, santo Domingo de Guzmán.

El Papa, explicando la historia del insigne fundador de la Orden de los Frailes Predicadores, le propuso como modelo de pobreza y consagración a la evangelización, alejado de los prestigios eclesiásticos.

“Este gran santo nos recuerda que en el corazón de la Iglesia debe arder siempre un fuego misionero, que empuja incesantemente a llevar el primer anuncio del Evangelio y, donde sea necesario, a una nueva evangelización”, explicó.

“¡Es Cristo, de hecho, el bien más precioso que los hombres y las mujeres de todo tiempo y de todo lugar tienen el derecho de conocer y amar!”

En este sentido, mostró su satisfacción por los “pastores y fieles laicos, miembros de antiguas órdenes religiosas y de nuevos movimientos eclesiales”, que “con alegría gastan su vida por este ideal supremo: anunciar y dar testimonio del Evangelio”, también en la Iglesia actual.

También destacó de santo Domingo su renuncia a los privilegios personales que podría haber conseguido de una prometedora carrera eclesiástica, sino más bien su dedicación humilde a las tareas que le fueron confiadas.

“¿No es quizás una tentación la de la carrera, del poder, una tentación de la que ni siquiera están inmunes aquellos que tienen un papel de animación y de gobierno en la Iglesia?”, afirmó el Papa, recordando sus propias palabras del pasado mes de septiembre, durante una consagración episcopal.

“No buscamos poder, prestigio, estima para nosotros mismos. Sabemos cómo las cosas en la sociedad civil, y no pocas veces en la Iglesia, sufren por el hecho de que muchos de aquellos a los que se les ha conferido una responsabilidad trabajan para sí mismos y no para la comunidad”, decía en aquella ocasión.

Importancia del estudio

Tras fundar la orden de predicadores, que se distinguía por no tener bienes que administrar sino vivir mendigando, Domingo, “con un gesto valiente, quiso que sus seguidores adquiriesen una sólida formación teológica, y no dudó en enviarles a las universidades de la época”, explicó el Papa.

Precisamente la dedicación al estudio “como preparación al apostolado” es uno de los elementos que distingue a los dominicos: “Domingo quiso que sus frailes se dedicasen a él sin reserva, con diligencia y piedad”.

Se trata, añadió el Papa, de “un estudio fundado en el alma de cada saber teológico, es decir, en la Sagrada Escritura, y respetuoso con las preguntas planteadas por la razón”.

En este sentido, exhortó a los católicos, y especialmente a los sacerdotes, a cultivar esta “dimensión cultural” de la fe, “para que la belleza de la vida cristiana pueda ser mejor comprendida y la fe pueda ser verdaderamente nutrida, reforzada y también defendida”.

“El desarrollo de la cultura impone a aquellos que realizan el ministerio de la Palabra, a los distintos niveles, de estar bien preparados”, añadió, dirigiéndose en especial a sacerdotes y seminaristas, con motivo del Año Sacerdotal.

“Los sacerdotes, los consagrados y también todos los fieles pueden encontrar una profunda ‘alegría interior’ al contemplar la belleza de la verdad que viene de Dios, verdad siempre actual y siempre viva. El lema de los Frailes Predicadores – contemplata aliis tradere – nos ayuda a descubrir, además, un anhelo pastoral en el estudio contemplativo de estas verdades, por la exigencia de comunicar a los demás el fruto de la propia contemplación”, concluyó.

[Por Inma Álvarez]

Primera Misa del P. Casté, E.P. en Valencia

Jueves, 4 de febrero de 2010

Rvdo. P. Juan Carlos Casté, E.P.El pasado sábado, 30 de enero de 2010, celebró solemnemente en Valencia su primera Misa el Rvdo. P. Juan Carlos Casté, E.P. , sacerdote heraldo y que fue responsable de la formación de la comunidad de terciarios de los Heraldos del Evangelio en Valencia, cuando atendiendo a la llamada del Señor, empezó sus estudios eclesiales en el seminario de los Heraldos del Evangelio en Sao Paulo (Brasil). Fue ordenado presbítero el 20 de junio de 2009.

D. Juan José y Dña. Isabel ofrecen al P. Juan Carlos el Misal

D. Juan José y Dña. Isabel ofrecen al P. Juan Carlos el Misal en nombre de todos los Terciarios

La celebración se realizó en Basílica de Nuestra Señora de los Desamparados, estando presentes, además de la comunidad de terciarios, amigos y simpatizantes de los Heraldos en Valencia. Al inicio, un matrimonio de terciarios ofreció en nombre de toda la comunidad, un Misal completo como recuerdo de ese día.

Besamanos del neosacerdote

Besamanos del neosacerdote

Concluida la Misa y el tradicional besamanos del nuevo presbítero, la comunidad se reunió en nuestra sede de la calle Marqués de Sotelo para una cena de fraternidad.

El P. Juan Carlos, nacido en Buenos Aires (Argentina) pero afincado en España desde hace muchos años,  hizo sus estudios de licenciatura en Teología Dogmática en la Universidad Pontifica de la Santa Cruz en Roma y actualmente hace los estudios de postgraduación en en la Facultad Pontificia y Civil de Lima (Perú). Colaborador de este blog, es muy apreciado por toda la familia Terciaria por su sólida preparación, su dedicación apostólica y su don de gentes.

Foto de Familia

La comunidad terciaria con el Rvdo. P. Juan Carlos Casté, E.P.

Presentación de diapositivas

[Clic para ampliar]


Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.