El mal no necesita un principio para existir

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¿Cómo una naturaleza santa, pura y justa fue capaz de pervertirse por el Pecado Original, no teniendo en sí misma un principio del mal?

Qué responder a la siguiente dificultad, propuesta por una excelente religiosa?

Si la naturaleza humana fue creada en el estado de santidad y de justicia -y de la misma manera el ángel caído, criatura de Dios tres veces santo- el mal no existía en ella. ¡Cómo, entonces, una naturaleza santa, pura y justa, fue capaz de pervertirse por el Pecado Original, no teniendo en sí misma un principio de mal? Y si fue ella misma la que creó ese principio nefasto, ¿cómo habrá sido santa, justa y correcta en su origen, una vez que la santidad no admite el mal?”

Esta objeción presupone, en el espíritu de la consultante, un conocimiento incompleto del mal, de la justicia original y del pecado del hombre y del ángel.

La expulsión del Paraso – Detalle de la “Anunciación”, por Fra Angélico – Museo del Prado, Madrid

La expulsión del Paraíso – Detalle de la “Anunciación”, por Fra Angélico – Museo del Prado, Madrid

El mal no es un ente que precise de un principio para existir: aquello que no es una criatura, no puede tener un principio o una causa que lo haga existir. Es un puro defecto, una pura carencia que no requiere para producirse nada más que la defectibilidad de quien la comete. No busquemos, pues, el principio del mal como si fuese alguna cosa positiva, busquemos solamente si existía alguna defectibilidad en aquél que lo cometió.

La justicia original estableció en el hombre un orden perfecto en todas sus facultades; lo unía al soberano Bien y -dejándole una aptitud para amar todos los bienes creados- regulaba sus afectos de tal manera que el amor del Bien creado estaba subordinado al amor del Bien no creado, del Bien divino.

Pero esa santidad no puso al hombre en la posesión de ese Bien no creado; el hombre no veía a Dios cara a cara, él no Lo conocía sino por sus manifestaciones exteriores. Visto y poseído en Sí mismo, ese Bien supremo suple de tal forma las facultades de la criatura y las atrae de un modo tan irresistible, que les resulta imposible separarse de Él. Visto a través de las criaturas, y a pesar de ser conocido como el bien soberano, Dios no apareció en su belleza y bondad infinitas ni siquiera a los ángeles; Él atrae hacia Sí a la criatura sin colocarla en la imposibilidad de cambiarla por cualquier bien creado.

La primera santificación dejaba subsistir, tanto en la naturaleza humana cuanto en la angélica, la defectibilidad inherente a cualquier criatura.

No poseyendo el soberano Bien, la plenitud de su fin último, ellas podrían, por su libre albedrío defectible, apegarse a cualquier criatura y -en particular, a su propia excelencia- hasta el punto de olvidarse del Bien supremo. Fue lo que hicieron los ángeles, al elevarse en sus propios pensamientos hasta pretender igualarse a Dios y negarle su sumisión; y el hombre, cediendo al atractivo del fruto prohibido, transgrediendo la prohibición divina.

Fue así que el mal entró en el mundo, sin otro origen que la deficiencia de ángel en  primer lugar, y del hombre enseguida. Falibles, uno y otro, ambos cayeron .

Ésta es toda la explicación del mal.

(Traducido, con adaptaciones, de L’Ami du Clergé, de 1907, pp. 125-126).

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