Un don de Dios para toda la Iglesia

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Dirigiéndose a los Obispos participantes en el Seminario de Estudios organizado por el Consejo Pontificio para los Laicos, Benedicto XVI apuntó nuevamente la “señal luminosa de la belleza de Cristo, y de la Iglesia, su Esposa” en la experiencia de los movimientos eclesiales y de las Su Santidad Benedicto XVInuevas comunidades.

No es la primera vez que el Consejo para los Laicos organiza un Seminario para los Obispos sobre los movimientos eclesiales. Recuerdo bien el de 1999, ideal prolongamiento pastoral del encuentro de mi amado Predecesor, Juan Pablo II, con los movimientos y las nuevas comunidades, realizado el 30 de mayo del año anterior. Como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, participé personalmente en el debate. Tuve oportunidad de establecer un diálogo directo con los Obispos, un intercambio franco y fraternal sobre muchas cuestiones importantes.

El despertar de un vigoroso impulso misionero

Análogamente, el Seminario de hoy quiere ser una continuación del encuentro que yo mismo tuve, el 3 de junio de 2006, con una amplia representación de fieles pertenecientes a más de cien nuevas asociaciones laicas. En esa ocasión, indiqué en la experiencia de los movimientos eclesiales y de las nuevas comunidades la “señal luminosa de la belleza de Cristo, y de la Iglesia, su Esposa” (cf. Mensaje a los participantes del Congreso del 22 de mayo de 2006). Dirigiéndome “a los queridos amigos de los movimientos”, los exhorté a ser cada vez más “escuelas de comunión, compañeros en el camino en los cuales se aprende a vivir en la verdad y en el amor que Cristo nos reveló y comunicó por medio del testimonio de los Apóstoles, en el seno de la gran familia de sus discípulos” (ibídem).

Los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades son una de las más importantes novedades suscitadas por el Espíritu Santo en la Iglesia, por la actuación del Concilio Vaticano II. Se difundieron precisamente al abrigo de la asamblea conciliar, sobre todo en los años siguientes, en un periodo lleno de entusiasmantes promesas, pero marcado también por difíciles pruebas.

Pablo VI y Juan Pablo II supieron acoger y discernir, animar y promover la inesperada irrupción de nuevas realidades laicales que, de variadas y sorprendentes formas, volvían a dar vitalidad, fe y esperanza a toda la Iglesia.

Realmente, ya entonces daban testimonio de alegría, de la racionalidad y de la belleza de ser cristianos, mostrándose agradecidos por pertenecer al misterio de comunión que es la Iglesia. Asistimos al despertar de un vigoroso impulso misionero, movido por el deseo de comunicar a todos la preciosa experiencia del encuentro con Cristo, entendida y vivida como una única respuesta adecuada a la profunda sed de verdad y de felicidad del corazón humano.

“Os pido que vayáis al encuentro de los movimientos con mucho amor”

Al mismo tiempo, ¿cómo no darse cuenta de que una tal novedad todavía espera ser adecuadamente comprendida a la luz del plano de Dios y de la misión de la Iglesia en los escenarios de nuestro tiempo? Precisamente se sucedieron numerosas intervenciones de convocatoria y de orientación por parte de los Pontífices que dieron inicio a un diálogo y a una colaboración cada vez más profundos, a nivel de muchas Iglesias particulares. Fueron superados no pocos preconceptos, resistencias y tensiones. Para ejecutar la importante tarea de promover una comunión más madura de todos los componentes eclesiales, para que todos los carismas en lo que se refiere a su especificidad, puedan contribuir plena y libremente para la edificación del único Cuerpo de Cristo.

Aprecié mucho el hecho de haber sido escogida, como programa para el Seminario, la exhortación por mí dirigida a un grupo de Obispos alemanes en su visita ad limina , que hoy nuevamente os propongo, a todos vosotros, Pastores de tantas Iglesias particulares: “Os pido que vayáis al encuentro de los movimientos con mucho amor”(18/11/2006).

¡Casi podría decir que no tengo nada más que añadir! La caridad es la señal distintiva del Buen Pastor: Ella torna influyente y eficaz el ejercicio del ministerio que nos ha sido confiado. Ir con mucho amor al encuentro de los movimientos y de las nuevas comunidades nos estimula a conocer adecuadamente su realidad, sin imperfecciones superficiales u opiniones restrictivas. Nos ayuda también a comprender que los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades no son un problema o un riesgo más que se suma a nuestras ya pesadas incumbencias. ¡No! Ellos son un don del Señor, un precioso recurso para enriquecer con sus carismas toda la comunidad cristiana. Por eso no debe faltar una acogida confiante que les abra espacios y valore sus contribuciones en la vida de las Iglesias locales. Dificultades o incomprensiones sobre cuestiones particulares no autorizan el cierre. Que el “mucho amor” inspire prudencia y paciencia.

A nosotros Pastores, se nos pide que acompañemos de cerca, con solicitud paterna, de modo cordial y sabio, a los movimientos y a las nuevas comunidades, para que puedan poner generosamente al servicio del bien común, de manera ordenada y fecunda, los numerosos dones de los que son portadores y que aprendamos a conocer y apreciar: el impulso misionero, los itinerarios eficaces de la formación cristiana, el testimonio de fidelidad y de obediencia a la Iglesia, la sensibilidad con las necesidades de los pobres, la riqueza de vocaciones.

Discernir y guiar los carismas, sin sofocarlos

La autenticidad de los nuevos carismas es garantizada por su disponibilidad a someterse al discernimiento de la autoridad eclesiástica. Numerosos movimientos eclesiales y nuevas comunidades fueron ya reconocidos por la Santa Sede y por eso son, sin duda, considerados un don de Dios para toda la Iglesia. Otros, todavía en fase naciente, requieren la práctica de un acompañamiento todavía más delicado y vigilante de parte de los Pastores de las Iglesias particulares. Quien está llamado a un servicio de discernimiento y de dirección no pretenda imponerse arbitrariamente a los carismas, sino, por el contrario, guárdese del peligro de sofocarlos (cf. I Ts 5, 19-21), resistiendo la tentación de uniformizar aquello que el Espíritu Santo quiso multiforme a fin de contribuir a la edificación y a la dilatación del único Cuerpo de Cristo, que el mismo Espíritu hace firme en la unidad. El obispo, consagrado es asistido por el Espíritu de Dios, en Cristo, Cabeza de la Iglesia, el Obispo deberá examinar y probar los carismas, que reconoce y valorar lo que es bueno, verdadero y bello, lo que contribuye al incremento de la santidad de los individuos y de las comunidades. Cuando fuesen necesarias intervenciones de corrección, sean también ellas expresiones de “mucho amor”.

Los movimientos y las nuevas comunidades se muestran ufanos de su libertad asociativa, de la fidelidad a su carisma, pero también demostraron saber bien que la fidelidad y la libertad son garantizadas, y ciertamente no limitadas, por la comunión eclesial, de la cual los Obispos, unidos al Sucesor de Pedro, son ministros, guardas y guías.

Amados hermanos en el Episcopado, al final de este encuentro os exhorto a reavivar en vosotros el don que recibisteis con vuestra consagración (cf. II Tm 1, 6). Que el Espíritu de Dios nos ayude a reconocer y guardar las maravillas que Él propio suscita en la Iglesia, en beneficio de todos los hombres. Confío a María Santísima, Reina de los Apóstoles, vuestras Diócesis y os concedo de todo corazón una afectuosa Bendición Apostólica, que extiendo a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas, a los seminaristas, a los catequistas y a todos los fieles laicos, especialmente, hoy, a los miembros de los movimientos eclesiales y de las nuevas comunidades presentes en las Iglesias confiadas a vuestros cuidados.

(Discurso a los participantes del Seminario de Estudio promovido por el Consejo Pontificio para los Laicos, 17/5/2008 – Traducción Heraldos del Evangelio)

© Copyright 2006 – Libreria Editrice Vaticana – Consulte el texto completo aquí

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