Comentarios al Evangelio – La corrección fraterna: ¿opción o deber?

by

P. Joao Scognamiglio Cla Dias, E.P.
Mons. João S. Clá Dias, E.P.
Presidente General


23 º DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO

La corrección fraterna: ¿Opción o deber?


Quien no corrige a su prójimo no sólo causa daño a éste, sino también a sí mismo. Se privará de los méritos y beneficios de cumplir este deber, y terminará por escandalizar a los que comprueban su negligencia.

~ Evangelio ~
Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígele a solas. Si te escucha, has ganado a tu hermano; pero si no te escucha, toma entonces contigo a uno o dos, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si no quiere escucharlos, dilo a la Iglesia; y si también desoye a la Iglesia, sea para ti como pagano y publicano. En verdad os digo: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Aun más: en verdad os digo que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir alguna cosa, les será otorgada por mi Padre que está en los cielos. Pues donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 15-20).

I – LA CORRECIÓN, GRAN MEDIO DE SALVACIÓN

San Alfonso María de Ligorio escribió una hermosa obra titulada “La oración, gran medio de salvación”. Su contenido es preciosísimo e irrefutable. En una de sus páginas, el santo llega a afirmar que quien reza se salva y quien no reza se condena.

Al adentrarnos hasta la médula del Evangelio para este 23er domingo de Tiempo Ordinario, llegamos a una conclusión parecida: la corrección fraterna es un gran medio de salvación, porque el destino eterno de alguien puede depender de que acepte las correcciones que reciba.

Esta es la materia que la liturgia de hoy propone a nuestra consideración: el deber de la corrección fraterna y la necesidad de recibirla bien.

II – ¿A QUÉ HIJO NO CORRIGE SU PADRE ?

“Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígele a solas. Si te escucha, has ganado a tu hermano”.

El Divino Maestro aconseja claramente sobre la necesidad de corregir a los que pecan.

Ante las ofensas personales, las injurias o hasta los defectos que observemos en la conducta de otros —sobre todo las faltas contra la fe y las costumbres, con peligro de causar un escándalo— no podemos dejar de advertir a nuestro prójimo, sin eludirlo por indiferencia o peor aún, por desprecio. Y para poner en práctica la norma del Señor, expresada en el versículo anterior, debemos llenarnos de fervor.

San Juan Clímaco, con mucha unción, compara la crueldad de quien le saca el pan de las manos a un niño hambriento, con quien tiene la obligación de corregir y no lo hace 1. Este último no sólo daña a su prójimo sino también a sí mismo. Tal omisión lo privará de los méritos y beneficios del cumplimiento de este deber, y terminará escandalizando a quienes comprueban su negligencia.

Lo mismo ocurre en la botánica, ya que mientras más fértil sea un terreno, tanto más hay que trabajarlo para evitar que se convierta en bosque, y después en selva.

Es evidente que al llevar a cabo este precepto hay que proceder sin la menor pasión, por ínfima que sea. La exención de ánimo es fundamental. Se deberá emplear toda la caridad posible en la delicadísima tarea de la reconciliación.

La obligación de advertir

La primera responsabilidad —reconocer el error— corresponde a quien lo comete, pero el celo, la prudencia y el amor a Dios incumben a quien tiene la obligación de advertir. “El que ahorra la vara odia a su hijo, el que lo ama se esmera por corregirlo” (Prov 13,24). Por tanto, es falsa ternura dejar de aplicar una corrección necesaria, pensando que esa omisión evitará una amargura a quien la necesita. El que se omite de esta manera, no sólo es connivente con la falta practicada: también demuestra su malquerer hacia quien necesita el apoyo de una aclaración. Este sentimentalismo, desequilibrio y equivocada indulgencia confirman en sus vicios a los que yerran.

Es importantísimo que padres, educadores, etc., cumplan su deber en esta materia, porque así lo enseña el libro de los Proverbios: “La necedad se esconde en el corazón del niño, la vara de la corrección la hace salir de él” (22,15). Por cierto, es una gran señal de amor a los inferiores avisarles de sus faltas; cuando un padre actúa con su hijo de esta manera, le procura el bien y la virtud.

A su vez, quien recibe el aviso o el reproche debe ser recíproco en el mismo amor. “Hijo mío, no desdeñes la corrección de tu Dios; no te enoje que te corrija, porque el Señor corrige al que ama, y aflige al que más quiere” (Prov 3, 11-12).

Si el superior deja de hacer advertencias a quienes le fueron confiados, es una clara señal de no sentirse amado como un padre, o de no amar al inferior como a un hijo, en cuyo caso no es raro que incluso murmure de él. Cuando San Pablo escribe a los hebreos, no vacila en afirmar: “Soporten la corrección; porque Dios los trata como a hijos, y ¿hay algún hijo que no sea corregido por su padre? Si Dios no los corrigiera, como lo hace con todos, ustedes serían bastardos y no hijos” (Heb 12,7-8). El remordimiento, el dolor por nuestras faltas, el peso de conciencia constituyen, de hecho, un inestimable don de Dios.

“No ahorres la vara a tu hijo”

Cornelio a Lápide, en su famosa obra de comentarios a la Sagradas Escrituras, se pronuncia acerca de este asunto: “No escasees la corrección al muchacho; pues aunque le des algún castigo, no morirá, dicen los Proverbios: Noli subtrahere a puero disciplinam; si enim percuseris eum virga, non morietur (23,13). Aplícale la vara del castigo, y librarás su alma del infierno: Tu virga percuties eum, et animam ejus de inferno liberabis (23, 14). La corrección es para el niño lo que el freno para el caballo y el aguijón para el buey.”

“Los padres que son demasiado indulgentes para con sus hijos, no emplean castigos, pero los exponen a los suplicios del infierno. El que es demasiado indulgente con su hijo, es su más cruel enemigo. Si amáis pues a vuestros hijos, padres y madres, emplead la vara y las correcciones, no sea que vayan a parar en el infierno; si les libráis de aquéllas, será para condenarles a éste: Elegid.”

“Lo repetimos: la salvación y la felicidad de los hijos resultan de una buena educación y de la justa severidad de los padres. Al contrario, una condescendencia licenciosa y la ausencia de corrección son el principio de la mala conducta y de la reprobación de los hijos: caen en excesos y crímenes que les llevan a su desgracia eterna. ¡Cuántos hijos, en el infierno, maldicen a sus padres y les llenarán de imprecaciones durante los siglos de los siglos por haber cerrado los ojos y descuidado reprenderles, corregirles y pegarles a propósito, siendo causa de su pérdida eterna!”

“Nos explicamos el odio de estos desgraciados; porque tales padres les han dado, no la vida, sino la muerte; no el cielo, sino el infierno; no la felicidad, sino la desgracia sin término y sin límites. El niño guarda hasta su vejez y hasta la muerte las costumbres de su infancia y de su juventud, según aquellas palabras de la Sagrada Escritura: La senda por la cual comenzó el joven a andar desde el principio, esa misma seguirá también hasta en sus años postreros: Adolescens juxta viam suam etiam cum senuerit non secedet ab ea (Prov 22, 6). El árbol que temprano se encorva, sigue con su mala inclinación hasta que le cortan y le arrojan al fuego.” 2

Gratitud a quien corrige

En la vida corriente llega a suceder que salimos distraídamente de casa con algún desaliño en nuestra presentación: calcetines de color distinto, ropa mal puesta, etc. Cuando alguien, por caridad, nos lo avisa, quedamos en deuda de gratitud con él. Si en cambio nadie nos dice nada, quedamos molestos. Pues bien, tenemos un motivo más grande de agradecimiento hacia quien amonesta nuestra falta de virtud, sobre todo en aquello que pudiera causar escándalo.

Los pensamientos de quienes caminan en el paganismo demuestran que los dictámenes de la sabiduría humana van en aquel mismo sentido. Plutarco afirma que deberíamos pagar generosamente a nuestros adversarios, porque dicen la verdad acerca de nosotros; los amigos en cambio, según él, sólo saben adular y halagar. 3 Es lo que puede verse en las relaciones habituales de hoy, o sea, no recibimos ninguna corrección salvo cuando surge una enemistad; sólo entonces nos enteramos de lo que el resto piensa de nosotros.

Hugo de San Víctor sintetiza sabiamente los buenos efectos de la corrección. Cuando se la acepta con humildad y gratitud, detiene los malos deseos, calma las pasiones de la carne, derrumba el orgullo, aplaca el desenfreno, destruye la superficialidad y reprime los malos movimientos del espíritu y del corazón. 4 Por eso, cuando somos oídos con buena disposición por quien corregimos, se dice que ganamos a un hermano, porque le devolvimos la verdadera paz de alma y lo trajimos de vuelta al camino de la salvación.

III – CORRECIÓN AMISTOSA FRENTE A TESTIGOS

Si no te escucha, toma entonces contigo a uno o dos, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos.

El afán de salvar a nuestro hermano debe estar imbuido con un fuerte celo. Si la advertencia a solas fue infructífera, no hay que abandonarlo sino, al contrario, insistir.

La indicación que hace aquí el Divino Maestro no pretende ajustarse al procedimiento exigido por el Deuteronomio: “Para que alguien sea condenado a muerte se requiere el testimonio de dos o más testigos. Nadie será condenado a muerte en base al testimonio de uno solo. […] Las dos partes en litigio comparecerán delante del Señor, en presencia de los sacerdotes y de los jueces en ejercicio” (Deut 17,6; 19,17). Por el contrario, su objetivo es utilizar el instinto de sociabilidad como poderoso elemento de presión psicológica para tratar de “ganar al hermano”.

Todavía estamos en un ámbito de privacidad, y por eso la reputación social del infractor se encuentra a salvo. Por otro lado, la presencia de testigos podrá infundirle un temor saludable, y quizás hacerle imposible no admitir su culpa. Si la reconoce, se verificará el efecto buscado en la primera embestida, expresado en el versículo anterior.

La eficacia de este medio se basa en la estima que el trasgresor tenga por su reputación frente a los demás. Por tanto, no se trata de ponerlo entre la espada y la pared, judicialmente hablando, porque esto podría suscitar más un odio irreversible que llevarlo propiamente a un sentimiento de dolor por su falta. Los otros convocados no deben ejercer la función de testigos de acusación en juicio, sino la de auxiliares en la corrección amistosa. La fama y el decoro del infractor serán objeto de todo el cuidado posible.

“Lo que debemos hacer, si no hemos persuadido a nuestro hermano, lo dice el Señor con estas palabras: ‘Y si no te oyere, toma aún contigo uno o dos’, etc. Cuanto más desvergonzado y terco fuere, tanto más conviene aplicarle la medicina, pero sin moverle a la cólera y el odio. No desiste el médico, cuando ve que no cede la enfermedad, sino que entonces es cuando más se prepara para vencerla. Ved, pues, cómo no debemos proponernos la venganza, sino la enmienda en la corrección; atendido esto, no manda que en seguida se tomen dos, sino cuando no quisiere corregirse y ni aún en este caso quiere que se le mande al pueblo, sino que se le corrija delante de uno o de dos, según previne la Ley, que dice: ‘Que toda palabra salida de la boca de dos o tres testigos sea tenida por estable’; que es como si dijera: tenéis un testimonio, habéis hecho lo que está de vuestra parte”. 5

Según San Jerónimo, esto puede entenderse además de esta manera: “Si no te ha querido escuchar, preséntale tan solo a un hermano y si a éste no oyere, preséntale al tercero, ya para que se corrija por vergüenza o por vuestro consejo, o ya para que vea que obráis delante de testigos”. A este comentario se añade lo dicho por la Glosa: “O para que si dijere que él no había pecado, prueben los testigos que él ha pecado.” 7

IV –EL BIEN DE LA IGLESIA MISMA

“Si no quiere escucharlos, dilo a la Iglesia; y si también desoye a la Iglesia, sea para ti como pagano y publicano”.

Al llegar a esta etapa queda en evidencia el fracaso del método amigable; el culpable persistirá en su odio o en sus errores, y en tal caso no quedará más que recurrir a la Iglesia, la institución fundada por promesa de Cristo en la roca llamada Pedro. El celo por el alma del culpable y su bien particular todavía permanece, pero se hace notar ahora el bien de la propia Esposa de Cristo.

Ya no pertenecen al Rebaño

Si él no presta oídos a la voz de la Iglesia, será considerado como un publicano o pagano. La ruptura de relaciones será indispensable; ningún vínculo nos unirá con él. Será excluido tal como los paganos o los publicanos, a quienes los judíos no admitían en la comunicación del culto y las oraciones. Todos lo considerarán una persona perniciosa que podría hacer peligrar la perseverancia del resto; por eso la necesidad de evitar su trato.

Pobre de quien desoye la voz de la Iglesia o desprecia el timbre y la sonoridad de su voz. Podrá éste sublevarse contra su autoridad, discutir sus deberes, menospreciar sus correcciones o condenas, pero la palabra del Señor es firme como una roca: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24,35). Dicha persona ya no será parte del Rebaño del Buen Pastor; ya no tendrá derecho a decirse católico, apostólico y romano… Quien da la espalda a la Iglesia de Cristo será considerado como un gentil o publicano ante los ojos de Dios.

Esta denuncia debe hacerse con espíritu cristiano. Así procedieron los criados de la párabola cuando, con tristeza, comunicaron la falta de su compañero al rey (cf. Mt 18,31). Si los acusadores se mueven por espíritu de odio o de venganza, por puro egoísmo o envidia, deberían ser vistos como delatores rastreros; pero si proceden así, no se los puede tener como personajes abyectos e infames.

Dios manda que reprendamos y apartemos

Cuando el católico acusa, lo hace por amor y con amor. Tomando en cuenta que no pocas veces el pecador llega a ser una amenaza para el bien común, y por ende para la misma sociedad, no denunciarlo será una omisión contra la caridad, o incluso comodidad egoísta y cobarde. No es raro descubrir esta omisión como vicio practicado hasta en el seno de algunas comunidades religiosas; omisión que termina desahogándose, muchas veces, en comentarios difundidos entre los demás respecto a las infracciones de tales o cuales culpables, verdaderas murmuraciones que a veces traspasan el límite de la calumnia.

Esta falta de caridad genera consecuencias nefastas para el propio infractor, que ganaría mucho si se lo conociera como tal, dado que la situación de repudiado por todos sus conocidos aumentaría su sensación de vergüenza y podría servirle de buen medio para la conversión, como enseña San Jerónimo: “Pero si tampoco a ellos quiere escucharlos, entonces hay que decirlo a muchos para que lo detesten y el que no pudo ser salvado por la vergüenza, se salve por las afrentas”. 8

Por eso denunciar al pecador es un deber, y así lo subraya la Glosa: “O también dilo a toda la Iglesia, para que él pase mayor vergüenza. Después de todo esto debe seguir la excomunión, que es preciso se haga por boca de la Iglesia, esto es, por el sacerdote, que cuando excomulga lo hace con él toda la Iglesia.” 9

Aquí vale nuevamente el principio latino corruptio optimi, pessima. A veces, un cristiano que emprende el camino del mal es más pernicioso que los propios malvados, como asegura San Jerónimo: “En las palabras ‘Tenlo como un gentil y un publicano’, nos da a entender el Señor que debemos detestar más a aquel que con el nombre de cristiano practica las obras de los infieles, que aquellos que son claramente paganos. Se da el nombre de publicanos a los que buscan las ganancias del mundo y exigen impuestos por medio de tráficos, engaños, hurtos y de perjurios horribles”. 10

También apunta San Juan Crisóstomo: “El Señor, no obstante, no nos ha mandado jamás, con respecto a los que están fuera de la Iglesia, una cosa parecida a la que nos manda aquí sobre la corrección de los hermanos. Porque en cuanto a los extraños, dice: ‘Si alguno te hiriere en la mejilla, preséntale también la otra’ (Mt 5, 39) y San Pablo: ‘¿Cómo he de juzgar a los que están fuera?’ (I Cor 5, 12). Pero nos manda, en cuanto a los hermanos, que los reprendamos y los alejemos”. 11

Virtud de parte del acusador y del acusado

Nunca se insistirá demasiado en que la nota, no sólo dominante sino esencial, de esa denuncia deberá ser el amor al prójimo por amor a Dios; pues quien se encoleriza contra su hermano será reo en el tribunal de Dios (cf. Mt 5,22). La indignación egoísta y maléfica, el sarcasmo, la burla, la venganza, etc., no pueden entrar ni siquiera a las zonas ocultas de nuestro corazón, porque ahí está Dios, que analiza nuestros sentimientos e intenciones. Éstos son la fuente de nuestros actos, por ello hay que erradicar con intransigencia toda clase de rencor.

Al acusado también se le exige virtud para su conversión, porque la soberbia que lo empujó al mal camino le opondrá no poca resistencia. “¿Quién encontrará a un hombre que quiera ser reprendido? ¿Dónde hallaremos al sabio de quien dice Salomón en los Proverbios: ‘Reprende al justo, y te amará’? (Prov 9,8)”. 12 La manifestación de arrepentimiento y enmienda por parte del corregido es saludada con una bella exclamación del Eclesiástico (cf.Eclo 20,4), afirmando que por este medio se logra huir más fácilmente del pecado. San Basilio hace una analogía entre la disposición de un enfermo que acepta los penosos tratamientos indicados por el médico para obtener la cura, con la humildad de un hombre que realmente aspira a su salvación eterna, y por eso acepta con gozo la corrección que se le hace, por muy amarga y áspera que pueda ser.

Recibir mal los reproches no sólo ofende a Dios, sino que lleva a rechazar toda semejanza con Nuestro Señor Jesucristo. Quien procede así no tardará en perder todas sus virtudes, y por soberbia caminará de caída en caída, acercándose paso a paso al espíritu de Satanás, que se rebela contra las correcciones.

El poder dado a Pedro

“En verdad os digo: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo”.

Debemos manifestar nuestra gratitud llena de gozo por esta concesión hecha por el Redentor a los primeros Pastores de la Iglesia, y extendida en sus personas a todos sus sucesores.

Se trata de un poder nobilísimo, elevado, amplio y necesario para la perpetuidad del depósito de la fe, la conservación de las buenas costumbres y la tradición, en suma, del buen orden. Fue concedido en plenitud a Pedro (cf. Mt 16, 18-19), y los otros lo poseen en dependencia a su autoridad. “Estos vastísimos poderes que tocan así al fuero externo como al interno, es decir, el derecho de pronunciar sentencias judiciales y el de absolver de los pecados, no se confía, como es natural, a la masa de los fieles, sino a los superiores regularmente instituidos. Y si la fórmula con que se les confiere se asemeja a la que empleó Jesús cuando eligió a San Pedro por cabeza suprema de la Iglesia, natural es también que no les conceda sino una jurisdicción subordinada a la autoridad del supremo Pastor”. 14

Orígenes hace una interesante observación sobre el plural “en los cielos”, usado por Jesús cuando se refiere a los poderes dados a Pedro, y el singular “en el cielo” al dirigirse aquí a los apóstoles: “porque no es tan perfecto este poder como el que dió a Pedro”. 15

Es muy valiosa la apreciación de San Jerónimo acerca de este pasaje: “Como el Señor había dicho: ‘Y si no oyere a la Iglesia, tenedlo como gentil y publicano’ (Mt 18, 17) y pudiera acontecer que el hermano, despreciado de este modo, contestara o pensara de esta manera: Si vosotros me despreciáis, yo os desprecio a vosotros; si vosotros me condenáis, yo os condeno a vosotros. El Señor dio a los Apóstoles un poder tal, que no puede quedar duda a los condenados por ellos de que la sentencia humana está confirmada por la sentencia divina. Por eso dice: ‘En verdad os digo que todo aquello que ligareis’, etc.” 16

Cabe reproducir aquí también las sabias consideraciones de San Juan Crisóstomo: “Y no dijo al que preside en la Iglesia: ‘Ata al que así peque’, sino: ‘Todo cuanto atéis’. Lo que era dejarlo todo en manos del ofendido. Y las ataduras permanecen irrompibles. Luego el pecador habrá de sufrir los últimos castigos; pero de ello no tiene la culpa el que lo denunció, sino el que no quiso someterse. Ya veis cómo el Señor condenó al pecador a doble necesidad: al castigo de aquí y al suplicio de allá. Mas si amenaza con el castigo de aquí es para que no llegue al suplicio de allá, sino que se ablande más bien el obstinado por el temor de la amenaza, por la expulsión de la Iglesia, por el peligro de ser atado en la tierra y quedar también ligado en los cielos. Sabiendo esto, si no al principio, por lo menos al pasar por tantos tribunales, es natural que el hombre deponga su ira. De ahí haber establecido el Señor uno, dos y hasta tres juicios, y no expulsar inmediatamente al culpable, pues si desoye al primer tribunal, puede ceder al segundo; si también rechaza al segundo, aún le queda el tercero. Si también a éste rechaza, aún puede espantarle el castigo venidero y la sentencia y justicia de Dios.” 17

V – LA HUMANIDAD SIEMPRE NECESITARÁ EL PERDÓN

“Aun más: en verdad os digo que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir alguna cosa, les será otorgada por mi Padre que está en los cielos. Pues donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”

Se puede afirmar sin temor alguno que estos dos versículos sintetizan toda la obra del Salvador. Jesús es el eslabón que vincula a todos los que toman la deliberación de unirse en nombre suyo, porque en tales circunstancias Él estará en medio de ellos. Su intercesión conmoverá la misericordia del Padre, y los discípulos sabrán qué pedir, porque en ellos gemirá el Espíritu (cf. Rom 8,26), y así lo conseguirán todo. Jesús estará actuando sobre todos y cada uno, ofreciéndoles su amor, su poder y su sabiduría. Esa es la verdadera Iglesia que vive de la compasión, la misericordia y la piedad, porque la humanidad, que siempre pecará, siempre necesitará el perdón del Divino Redentor, otorgado por medio de su Iglesia.

1) JUAN CLÍMACO, San – Scala Paradisi – Gradus IV (De obedientia).
2) LAPIDE, Cornelius a – Commentaria in Scripturam Sacram.
3) PLUTARCO – De capienda ex inimicis utilitate.
4) SAINT-VICTOR, Hugues de – De institutione novitiorum liber, cap.X.
5) CRISÓSTOMO, San Juan – Homiliae in Mattaeum, hom. 60 § 1.
6) JERÓNIMO, San – Commentariorum in Evangelium Mattaei Libri Quattuor, cap.XVIII, vers.15 seqq.
7) AQUINO, Santo Tomás de – Catena Aurea.
8) JERÓNIMO, San – Op.cit., ibídem.
9) AQUINO, Santo Tomás de – Catena Aurea.
10) JERÓNIMO, San – Op.cit., ibídem.
11) CRISÓSTOMO, San Juan – Op.cit., ibídem.
12) AGUSTÍN, San – Epístola 210, § 2.
13) BASILIO, San – Sermones viginti quator – De moribus. Sermo II – De doctrina et admonitione.
14) FILLION, Louis-Claude – Vida de Nuestro Señor Jesucristo, vol. II, Madrid, Ediciones Rialp S.A., 2000, p. 310.
15) AQUINO, Santo Tomás de – Catena Aurea.
16) JERÓNIMO, San – Op.cit., cap. XVIII, vers. 18.
17) CRISÓSTOMO, San Juan – Op.cit., ibídem.

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