Comentario al Evangelio – Camino seguro hacia la salvación eterna

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Comentario al Evangelio — XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario

Mons. João S. Scognamiglio Clá Dias, Presidente General de los Heraldos del Evangelio

Mons. João S. Clá Dias

Los siervos fieles pasaron la ausencia del señor sirviéndolo con seriedad y suspirando por su retorno. Al oír que llega y los llama, acuden raudos a su encuentro; en cambio, el siervo perezoso lo acusa de injusto. Su actitud se erige así como paradigma de la conducta de los pecadores que quieren justificar sus faltas, atribuyendo a Dios la causa de las mismas.

Evangelio:

“El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al emprender un viaje, llamó a sus siervos y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno: a cada cual según su capacidad; y se marchó. Enseguida, el que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente el que había recibido dos ganó otros dos. En cambio el que había recibido uno se fue, cavó un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor. Pasado mucho tiempo, volvió el señor de aquellos siervos y les pidió cuentas. Llegando el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco, diciendo: ‘Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado’. Su señor le dijo: ‘Muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho; entra en el gozo de tu señor’. Se acercó también el de los dos talentos y dijo: ‘Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes otros dos que he ganado’. Su señor le dijo: ‘Muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho; entra en el gozo de tu señor’. Llegó por fin el que había recibido un talento y dijo: ‘Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso tuve miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo’. Pero su señor le respondió: ‘¡Siervo malo y perezoso! Sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido; debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses. Quitadle, por tanto, su talento y dádselo al que tiene los diez talentos. Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes'” (Mt 25, 14-30).

I – Seriedad de todos nuestros actos

En la parábola de los talentos -o en la de las vírgenes prudentes, que la precede y forma un solo conjunto con ella- Jesús nos enseña el camino de la felicidad eterna. Ambas comienzan con la analogía “El Reino de los Cielos es como…”. De hecho, parábola, en la lengua griega, significa comparación.

El capítulo anterior de San Mateo, previo a estos dos pasajes del Evangelio, describe el fin del mundo en labios del propio Salvador. La conclusión se hace también a través de una parábola, la del “siervo malo”, despedido y arrojado al lugar donde “habrá llanto y crujir de dientes”.
Nuevo prisma para la parábola de los talentos

En el trecho del Evangelio para este domingo, inmediatamente anterior al de Cristo Rey, último del año litúrgico, los exégetas suelen resaltar las cuentas que deberemos rendir todos y cada uno al término de nuestras vidas por los “talentos” recibidos de Dios.

Pero las enseñanzas de Jesús tienen una riqueza inagotable y pueden ser contempladas bajo una infinitud de prismas, siendo uno de ellos -y muy importante- la seriedad con que todo hombre debe cumplir la tarea o ejercer la función que se le ha encargado. Sobre todo si han sido encomendadas no por un señor terreno, sino por Dios mismo.
Seriedad al ver, juzgar y actuar

La frenética rapidez de la modernidad dificulta la reflexión acerca de los acontecimientos cotidianos. Por ello el hombre contemporáneo tiende a la superficialidad de pensamiento y no analiza en profundidad las consecuencias, buenas o malas, de sus propios actos.

Ahora bien, en esta vida todo es serio, ya que somos criaturas de Dios y “en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28). Así, hasta el más trivial de nuestros actos se relaciona con altísimas realidades y puede acarrearnos graves consecuencias o ponernos frente a onerosas responsabilidades, si acaso no se lo ejecuta debidamente.

Esta seriedad en el ejercicio de una función exige de nosotros, en primer lugar, una objetividad total. Es preciso ver la realidad tal como es, sin velos ni prejuicios y sin permitir que la ansiedad o el frenesí puedan distorsionarla. De esta coherencia en ver y juzgar emanará la seriedad en el actuar; lo que haya que hacer, debe ser hecho de inmediato, por completo y sin interrupciones innecesarias.

Somos árboles de frutos pobres, secos y a menudo podridos

Sin embargo, no olvidemos que sin auxilio de la gracia, la naturaleza humana es incapaz de practicar duraderamente la Ley Natural, o de hacer siquiera algo meritorio para la salvación eterna. 1 Nuestra naturaleza caída hace de nosotros árboles de frutos pobres, secos y a menudo podridos. Sólo cuando la savia de la gracia circula con fuerza a través del tallo y las ramas de este árbol, llegando hasta los follajes más distantes de la raíz, producimos frutos abundantes y buenos.

II – El señor distribuye sus bienes y se va

“El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al emprender un viaje, llamó a sus siervos y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno: a cada cual según su capacidad; y se marchó”.

Los tres siervos de la parábola no tenían nada. Su señor, al partir de viaje, pone en sus manos todos los bienes que le pertenecen: ocho talentos en total. Se trataba de una considerable fortuna pues el talento no era una moneda propiamente dicha, sino una medida ideal de valor equivalente a un lingote de plata de unos 30 kilos. El conjunto de aquel tesoro, por tanto, equivalía a cerca de 240 kilos del metal precioso.
Todo lo que tenemos viene de Dios

Sobre este aspecto de la parábola ya cabe una aplicación a nuestra vida espiritual.

Cada uno de nosotros es un siervo de Dios que nada tiene por sí mismo. En el orden de la naturaleza, recibimos del Creador el ser que ha ideado para nosotros desde la eternidad, premunido de determinados atributos y dones. Junto a la existencia, Dios nos ha dado también los bienes necesarios, tanto materiales como espirituales.

De nuestros padres recibimos la generación humana pero no el alma, que el propio Dios nos infunde y luego el Bautismo eleva a la vida sobrenatural. A partir de este momento, el rico legado de Cristo a su Iglesia queda directa e inmerecidamente a nuestra entera disposición: su doctrina, los sacramentos, las gracias, los beneficios decurrentes de sus méritos, etc.


Los dones se distribuyen en forma desigual

Cabe destacar también que el señor de la parábola, cuando distribuye los talentos entre los siervos, lo hace de manera desigual: a uno le da cinco, a otro dos y al último, uno. Como dueño, él puede repartir su propia fortuna del modo que mejor le parezca; en este caso, “a cada cual según su capacidad”.

Los tres siervos actúan bien frente a esta distinción. Los dos últimos no reclaman porque al primero se le haya dado más; los que menos tienen no envidian al que más recibió, ni éste los desprecia. Saben claramente que todo es del señor; ellos son meros administradores y cada uno deberá rendir cuentas en proporción al valor confiado. Por ende, no hay motivo para la queja, la envidia ni menos aún la rebeldía.

Así debemos proceder también nosotros, como siervos que somos del Señor Nuestro Dios. Cuando recibimos dones de su parte, no viene al caso preguntar si otros recibieron menos o más, sino empeñarnos en retribuirle de la forma más completa según nuestras propias aptitudes, siempre dispuestos a prestar cuenta de esos talentos y preguntándonos con frecuencia: “¿Qué estoy haciendo con los beneficios que Dios me dio?”
Dios otorga los dones en vista de su propia gloria

Dios, al distribuir sus dones entre nosotros, sus siervos, no se atiene a criterios humanos, sino que actúa según su beneplácito, en vista de su propia gloria.

Los dones naturales o espirituales que Él nos otorga no siguen la pauta de nuestros deseos, aptitudes o méritos; antes bien, Dios nos dota con cualidades de acuerdo a la gloria que nos tiene reservada en el Cielo. Así, nuestra inteligencia, voluntad y sensibilidad, nuestra mentalidad y nuestro carácter nos han sido entregados en vista del trono que debemos ocupar en la eternidad. Nuestra naturaleza y nuestro espíritu son preparados por Dios para recibir los dones sobrenaturales con que quiere adornarnos, y todas las gracias y beneficios con que nos llena a lo largo de la vida se orientan en idéntico sentido.

Dios, al hacernos sus hijos adoptivos, nos llama a ser sus propias manifestaciones, así como a participar en su gloria. Por eso dijo San Pablo a los Corintios: “A cada uno se le da la manifestación del Espíritu para común utilidad: a uno por el Espíritu se le da palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia, según el mismo Espíritu; a uno, la fe en el mismo Espíritu; a otro, carismas de curaciones, en el único Espíritu; a uno, el poder de obrar milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a uno, diversidad de lenguas, a otro, la interpretación de lenguas. Todas estas cosas las obra el único y mismo Espíritu, que distribuye a cada uno según quiere” (1 Cor 12, 7-11).
Somos miembros de un solo cuerpo

En seguida, el Apóstol añade: “Pues así como el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, forman un solo cuerpo, así también Cristo” (1 Cor 12, 12).

La Iglesia, en efecto, forma un cuerpo en el cual cada miembro tiene una función diferente. Dios adapta las gracias a las diversas funciones y exige que cada uno se esmere dentro de ese Cuerpo Místico según su finalidad específica: “Él otorgó a unos ser apóstoles, a otros, en cambio, profetas, a otros, evangelistas, a otros, pastores y doctores, para la instrucción de los santos en orden a su ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Ef 4, 11-12).

Y San Pedro exhorta: “Como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios, que cada cual ponga al servicio de los demás los dones recibidos” (1 Ped 4,10).

Por tanto, cada uno de nosotros tiene una misión específica, y no podemos dañar la armonía de ese conjunto, creado por Dios en su infinita Sabiduría, por mero egoísmo o ambición de un oficio que no nos fue atribuido.

III – Ausencia del señor

“Enseguida, el que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente el que había recibido dos ganó otros dos. En cambio el que había recibido uno se fue, cavó un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor”.

El señor se marcha y “enseguida” el primer siervo pone manos a la obra, indicándonos claramente que en el servicio al Señor nunca debemos perder el tiempo. Desde que recibimos el uso de razón debemos entregarnos a la causa de Dios y trabajar únicamente por ella. Cada uno de nosotros, apenas se da cuenta de su misión específica y sus responsabilidades inherentes, debe empezar a actuar sin tardanza, empleando todos los dones que la Providencia le dio para llevarla a cabo en esta vida.
Amor a la autoridad que asigna la tarea

Es preciso -como ya vimos- que al asumir una función o recibir una tarea, la desempeñemos con sentido de responsabilidad, con seriedad y diligencia. Pero no es lo único.

Más allá del objetivo concreto de nuestro trabajo, considerado en sí mismo, debemos amar la legítima autoridad que nos hizo el encargo, sobre todo cuando se trata de un superior religioso. En este caso, nuestra responsabilidad deja de ser meramente material para subir a otro nivel más alto, en donde el amor al superior pasa a ser el motor eficazmente dinámico en la ejecución de la tarea. La buena marcha del servicio y la realización misma del objetivo propuesto se ajustarán a ese amor.

Evitemos el error de pensar que sólo los monjes, los sacerdotes o las religiosas de un instituto de vida consagrada se hallan en tal situación. Cualquier fiel, cuando obedece al Papa, al obispo o al párroco, o a cualquier otro legítimo superior en la familia o la sociedad, debe moverse primordialmente por amor a la autoridad, instituida por Dios.
Retribuir a Dios por deber de amor y de justicia

Cuando el que nos impone una obligación ya no es una autoridad terrenal sino el Señor por excelencia, el amor con que la realicemos asume una suprema importancia.

A Dios le debemos una obediencia total, por amor y por deber de justicia. De Él proviene nuestro ser, nuestra inteligencia, voluntad, sensibilidad y todas las dotes naturales. Y sobre todo, de Nuestro Señor Jesucristo nos viene la Redención, de precio infinito, y con ella la gracia, don que ningún talento humano es capaz de merecer.
El señor pasó mucho tiempo lejos

“Pasado mucho tiempo, volvió el señor de aquellos siervos y les pidió cuentas”.

En las parábolas del Divino Maestro ningún detalle es casual. Las circunstancias y hasta los mínimos matices de la narración están dispuestos para nuestro bien por su Sabiduría absoluta. Siendo así, analicemos el hecho señalado por Jesús: el señor pasó mucho tiempo lejos.

Durante ese prolongado viaje, los siervos que más habían recibido no cayeron en la pereza ni el desamor, antes bien, se mantuvieron plenamente fieles durante la ausencia de su señor, perseverando en óptima manera y haciendo fructificar, tanto como podían, los talentos que les habían sido entregados.

¿Cuáles son las consecuencias de esta lección?

Imaginemos que cada uno de nosotros estuviera llamado a vivir durante sólo seis meses con el completo uso de la razón. Frente a tal brevedad, haríamos todo lo posible para presentarnos ante el Tribunal Divino con el máximo de frutos provenientes de los dones recibidos. Planificaríamos cuidadosamente la recepción de los sacramentos, tomaríamos todas las medidas para alejarnos de las ocasiones de pecado, buscaríamos crecer en celo y piedad durante ese corto período de progreso rumbo a la eternidad.

Sin embargo, la mayoría de los hombres está llamado a vivir en esta tierra un tiempo relativamente largo, o que al menos les parece largo. Por lo mismo, el fervor inicial con que el hombre emprende el camino al Reino del Cielo tiende a no ser duradero.

Recibimos una gracia y el entusiasmo nos invade, emprendemos una obra con toda la energía para coronarla, asumimos una función con los propósitos más hermosos… pero ese primer impulso muchas veces no perdura. Llega el momento en que el fervor inicial empieza a retirarse. Por así decir, la ausencia del señor se deja sentir en la vida diaria y comenzamos a darnos cuenta de lo lejos que está.

A esa altura de los acontecimientos desaparece la fuerza que el señor irradia con su simple presencia. En el cumplimiento de las obligaciones que nos dejó, ni siquiera nos estimula la consideración de un retorno repentino e inmediato. Dicha sensación de demora nos pone en grave peligro de olvidarlo.

Así ocurre con quien abraza la vida religiosa. Al principio siente un entusiasmo capaz de derrumbar todos los obstáculos y vencer cualquier dificultad; es el “fervor de novicio”, llamado así por ser muy característico de quien ingresa a la senda de la perfección. Algún tiempo después -más para unos, menos para otros- la visión primaveral que había encantado al religioso en los inicios de su vocación, se aparta lentamente. El primer entusiasmo empieza a declinar, y surgen las dificultades. Inmerso en la labor cotidiana, le pesa la monotonía. Si no combate contra esa prueba acabará olvidando la gloria de Dios, los intereses de la Iglesia a la que entregó su vida, y el beneficio de su propia alma.

Pero dicho fenómeno no sólo sucede con almas consagradas. Cuántas veces ocurre lo mismo con quien acaba de recibir la Primera Comunión, o la Confirmación, o concluye algún período de formación religiosa, ocasiones estas en que un fervor semejante al del novicio inunda a no pocos. Para éstos, la perspectiva de una vida larga puede llegar a ser un grave obstáculo para que siga encendido el fervor inicial.

IV – La recompensa y el castigo

“Llegando el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco diciendo: ‘Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado’. Su señor le dijo: ‘Muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho; entra en el gozo de tu señor’. Se acercó también el de los dos talentos y dijo: ‘Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes otros dos que he ganado’. Su señor le dijo: ‘Muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho; entra en el gozo de tu señor'”.

Por la forma en que se acercan los dos siervos fieles podemos discernir una especie de santa ansiedad ante la llegada de su señor. Se nota que habían pasado todo el tiempo de su ausencia suspirando por su retorno. Al oír que él los llama, acuden céleres a su encuentro porque saben que ha llegado el final de las penas, de los trabajos y los esfuerzos. Van de inmediato y sin ningún temor. ¿Qué podrían temer de un señor al que siempre amaron y por el cual siempre trabajaron?

Tal es la situación de los hombres que actuaron con seriedad y diligencia durante su vida, utilizando todo su tiempo en el servicio del Señor. Una vez que cumplieron eximiamente su deber y supieron evaluar, refinar y agradecer los dones recibidos de Dios, valiéndose de ellos, no tendrán la mínima dificultad para dejar esta vida y entrar en la eternidad.

La muerte los encontrará alegres y deseosos de rendir cuentas a Quien les dio todo. El panorama del Juicio no les infundirá temor, sino una santa avidez de ir a gozar eternamente la Presencia de su Señor.

Nosotros, que ahora consideramos esta parábola, ¿no podríamos detenernos para un breve examen de conciencia?

¿Cuánto nos esforzamos en hacer rendir los dones que Dios nos dio para gloria suya? ¿Nos empeñamos -como debemos- mucho más en su servicio que en satisfacer nuestro egoísmo? ¿En qué medida nuestras retribuciones, nuestras alabanzas, nuestro amor a Dios corresponden a todo lo que Él ha hecho por nosotros?


Necesidad de restituir los talentos recibidos

Ahora tomemos en consideración el bello gesto de los siervos al reconocer que todo pertenece al señor, sin apropiarse de nada: “Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado. […] Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes otros dos que he ganado”.

A lo largo de nuestra vida, Dios no deja de concedernos talentos. En el Bautismo recibimos la gracia santificante, don por excelencia, participación creada en la vida increada de Dios. A ella se añaden, por pura liberalidad divina, las gracias actuales ordinarias, operantes y cooperantes, y también las gracias actuales extraordinarias, que la Providencia concede en circunstancias especiales.

Frente a tal profusión de talentos, debemos reconocer agradecidos que todos estos dones le pertenecen a Dios. Cuando “obtenemos ganancia” de ellos, practicando una buena obra, debemos saber ver, humildemente, que el mérito de ese acto proviene de Dios. Es menester que nosotros, al igual que los siervos fieles, retribuyamos a Dios tanto por los talentos recibidos como por los que hemos ganado con nuestros actos de virtud.
La recompensa de los siervos fieles

Los siervos fieles de la parábola duplicaron la suma recibida de manos de su señor; buena muestra de que el trabajo realizado con diligencia, con amor, con responsabilidad, termina coronado por el éxito.

“Muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho; entra en el gozo de tu señor”. La seriedad con que ambos se comportaron les merece un elogio idéntico y bellísimo de su señor, elogio que evoca el que recibirán del propio Dios todos aquellos que procedan bien durante su existencia terrena.

La respuesta del señor -“yo te confiaré lo mucho”- recuerda también otra verdad importante: quien corresponde a las primeras gracias es beneficiado generalmente por otras todavía más grandes y por una renovada fuerza para serles fiel. Toda gracia bien correspondida abre la puerta para que Dios otorgue muchas más. Y quien, en esta tierra, deja de corresponder a una gracia, corre el terrible riesgo de cerrar la puerta a las venideras; quizás incluso a las que deben llevarlo a la Bienaventuranza eterna…

Por fin, importa destacar que el premio es infinitamente superior al esfuerzo que hicieron los siervos: “Entra en el gozo de tu señor”. Para un pobre mortal que sale de esta vida, entrar en el Cielo, ver a Dios cara a cara, poseerlo, amarlo y gozar de su esencial felicidad es algo inimaginable y muy por encima de cualquier mérito.


El siervo que esconde el talento

“Llegó por fin el que había recibido un talento y dijo: ‘Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso tuve miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo'”.

La conducta de este “siervo malo y perezoso” es chocante y digna de todo reproche, sobre todo cuando se la compara a la de los siervos “buenos y fieles”. En lugar de ejercer su función de manera seria y responsable, esconde el talento, guiado por un miedo pecaminoso que no tiene nada en común con el timor reverentialis (temor reverencial) de las almas virtuosas.

Durante la ausencia del señor, este siervo huye del cumplimiento de su obligación, y al ser llamado a prestarle cuentas, se rebela en su contra. Para justificar su falta ultraja a quien debería servir, acusándolo de injusto: “Sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste”. Así, su actitud se erige como paradigma del comportamiento de los pecadores que buscan justificar sus faltas rebelándose en contra de Dios y de los demás. Nunca admiten su culpa; todo les sirve de excusa para su mala conducta.

Recurrirán a los sofismas: “Es muy difícil salvarse, porque son pocas las personas que llegan al Cielo”; “mis pasiones son demasiados vivas…”; “el mundo se corrompió tanto…” No servirá de nada aconsejarles que hagan mayores esfuerzos por dominar sus pasiones, si acaso son demasiado fuertes, o que huyan de las ocasiones que los ponen en grave riesgo. Pues, estos pecadores no tratan de corregirse sino, como dijimos, siempre andan a la busca de razones que justifiquen sus malas obras.


La respuesta del señor

“Pero su señor le respondió: ‘¡Siervo malo y perezoso! Sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido; debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses'”.

El señor no se preocupa de refutar las afirmaciones del siervo infiel, porque ofensa tan infundada no merece respuesta. Por el contrario, va directamente al punto esencial del asunto, devolviéndole la acusación: “¡Siervo malo y perezoso! Sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido; debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses”.
El castigo

“Quitadle, por tanto, su talento y dádselo al que tiene los diez talentos. Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.

La condena del “siervo malo y perezoso”, contenida en estos versículos, nos muestra cuán terrible será el suplicio de los pecadores en el Juicio Final.

Aquel día sus falsos razonamientos quedarán al descubierto frente a todos, y ellos sentirán la más viva vergüenza. Los dones que les fueron concedidos les serán arrancados y entregados a otros, provocándoles una envidia y una amargura tremendas. Lo que despreciaron durante su vida se alzará frente a sus ojos en todo su valor, enriquecido por Dios y puesto en manos de otro que aprovechó mejor las gracias recibidas.

A esos dolores lacerantes se une la humillación de ser condenado y arrojado a los terribles tormentos del Infierno, los cuales, por falta de espacio, dejaremos para otra ocasión. 2

V – Medita en tus novísimos

Meditar sobre la parábola de los talentos nos lleva, como vimos, a reflexionar sobre la seriedad con que debemos conducir todas nuestras acciones. Saltan a la vista los extraordinarios beneficios que esto nos trae.

Pero en esta parábola Nuestro Señor también nos enseña a nunca apropiarnos de nada. Todo es de Dios, ya se trate de un don gratuito o de un beneficio conquistado por esfuerzo propio; todo lo hemos recibido de Él y a Él le pertenece todo cuanto hacemos, porque incluso nuestras capacidades personales y nuestro propio trabajo fueron creados para su gloria.

La parábola de los talentos nos invita, y mucho, a poner continuamente la mirada en nuestro último fin, que es Dios, y en el día en que seremos juzgados por Él. “En todas tus obras acuérdate de tus postrimerías, y no pecarás jamás” (Eclo 7,40), dice la Escritura. Si actuamos así, habremos adoptado un camino seguro rumbo a nuestra salvación eterna.

______________

1 Una interesante profundización de este asunto se encuentra en el capítulo XV de RODRÍGUEZ Y RODRÍGUEZ, O.P., Fr. Victorino – Estudios de Antropología Teológica. Madrid: Speiro, 1991, pp. 329-354.

2 Una viva descripción de los tormentos reservados a Santa Teresa de Jesús en el infierno, en caso que se hubiera condenado, puede leerse al comienzo del capítulo XXXII del Libro de su vida, escrito por ella misma.

(Transcrito de la Revista “Heraldos del Evangelio – Salvadme Reina” Nº 64 – Noviembre 2008)

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