Los Heraldos del Evangelio celebran en Ademuz la Festividad de la Conversión de San Pablo

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96ew0056Como habíamos anunciado, se celebró el pasado 25 de enero con gran brillo la festividad de la conversión de San Pablo pese a la inclemencia del tiempo. Recordarán nuestros lectores que Ademúz es uno de los sítios de la Comunidad Valenciana designados por nuestro Cardenal Arzobispo, D. Agustín García-Gasco como “templo jubiliar”, es decir, durante este año santo paulino, el fiel que lo visite o participe de las celebraciones especiales que se hagan allí, recibirá indulgencia plenaria en las condiciones de costumbre.

D. Enrique Benavent recibe la cruz del peregrino.

D. Enrique Benavent recibe la cruz del peregrino.

Desde Valencia partimos en autobús, siempre en espíritu de peregrinación, rezando al inicio laudes. Los cooperadores de los Heraldos del Evangelio portaban sus túnicas características. Ya en Ademuz, nos juntamos a peregrinos venidos de otras partes de la comunidad valenciana junto a la ermita de la Virgen de la Huerta, que junto a uno de los pórticos de la Catedral de Valencia, son los dos únicos templos románicos de la comunidad. Había un peregrino de excepción: D. Enrique Benavent, obispo auxiliar de Valencia, que también recibió la cruz del peregrino, distribuida por el párroco a todos los presentes, junto con una “bolsa del peregrino”, recuerdo de la parroquia,  mientras el coro de los Heraldos del Evangelio, venidos desde Madrid y Toledo, entonaban diversos cánticos.

Procesión por las calles de Ademuz

Procesión por las calles de Ademuz

Se proyectó audiovisual de unos 20 minutos narrando la conversión de San Pablo y a continuación se procedió a la procesión, desde la ermita hasta la parroquia de San Pedro y San Pablo.  Nuestra banda animó la procesión; en intervalos regulares se hicieron varias paradas en las cuales se proclamaron diversos extractos de las epístolas de San Pablo.

Proclamación de las epistolas de San Pablo

Proclamación de las epístolas de San Pablo

Llegando a la parroquia de San Pedro y San Pablo se procedió a la celebración solemne de la Eucaristía, presidida por D. Enrique Benavent y concelebrada por D. Juan José Montfort y otros dos párrocos de la comarca. La animación musical estuvo a cargo del coro de los Heraldos. Una de las lecturas fue proclamada por una “terciaria” y el canto del salmo responsorial por el ya consagrado Javier Burgos, heraldo nacido en Xátiva.

Comida en Casa Domingo

Comida en “Casa Domingo”

Y de la “Misa a la mesa”…. Terminada la brillante celebración eucarística todos nos dirigimos al estupendo hotel restaurante “Casa Domingo”, donde fue servido un exquisitísimo menú, con una abundancia bien adecuada al duro clima que imperaba aquel domingo de enero, con nieve, lluvia y bajísimas temperaturas.

Canto de Visperas

Canto de Vísperas

El acto concluyó por la tarde con la recitación de Visperas. Una pequeña catequesis final sobre San Pablo estuvo a cargo de un heraldo, que discurrió sobre como San Pablo es hoy en día muy atacado precisamente por oponerse a la mayoría de los errores modernos y a la mentalidad dominante. Se le acusa incluso de haber fundado una iglesia distinta de la de Nuestro Señor Jesucristo. ¡A esto se llega con tal de no tener que cambiar de opinión y reconocer el propio error! También se destacó el celo apostólico de San Pablo que todo lo daba por la conversión de las almas, despreciando las persecuiones del populacho o de los príncipes, no dudando en los mayores sacrificios y esfuerzos con tal de salvar el mayor número posible de personas.

La delegación de los Heraldos del Evangelio venida desde Valencia posa junto a D. Enrique Benavent

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(clic para ver presentación de diapositivas)

Sobre la figura de San Pablo tiene bastante interés la lectura del siguiente fragmento de las homilías de San Juan Crisóstomo, obispo.

(Homilia 2 sobre las alabanzas de San Pablo: PG 50, 477-480)

Pablo lo sufió todo por amor a Cristo

Qué es el hombre, cuán gran su nobleza y cuánta su capacidad de virtud lo podemos colegir sobre todo de la persona de Pablo. Cada día se levantaba con una mayor elevación y fervor de espíritu y, frente a los peligros que lo acechaban, era cada vez mayor su empuje, como lo atestiguan sus propias palabras: Olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante; y, al presentir la inminencia de su muerte, invitaba a los demás a compartir su gozo, diciendo: Estad alegres y asociaos a mi alegría; y, al pensar en sus peligros y oprobios, se alegra también y dice, escribiendo a los corintios: Vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos y de las persecuciones; incluso llama a estas cosas armas de justicia, significando con ello que le sirven de gran provecho.

Y así, en medio de las asechanzas de sus enemigos, habla en tono triunfal de las victorias alcanzadas sobre los ataques de sus perseguidores y, habiendo sufrido en todas partes azotes, injurias y maldiciones, como quien vuelve victorioso de la batalla, colmado de trofeos, da gracias a Dios, diciendo: Doy gracias a Dios, que siempre nos asocia a la victoria de Cristo. Imbuido de estos sentimientos, se lanzaba a las contradicciones e injurias, que le acarreaba su predicación, con un ardor superior al que nosotros empleamos en la consecución de los honores, deseando la muerte más que nosotros deseamos la vida, la pobreza más que nosotros la riqueza, y el trabajo mucho más que otros apetecen el descanso que lo sigue. La única cosa que él temía era ofender a Dios; lo demás le tenía sin cuidado. Por esto mismo, lo único que deseaba era agradar siempre a Dios.

Y, lo que era para él lo más importante de todo, gozaba del amor de Cristo; con esto se consideraba el más dichoso de todos, sin esto le era indiferente asociarse a los poderosos y a los príncipes; prefería ser, con este amor, el último de todos, incluso del número de los condenados; que formar parte, sin él, de los más encumbrados y honorables.

Para él, el tormento más grande y extraordinario era el verse privado de este amor: para él, su privación significaba el infierno, el único sufrimiento, el suplicio infinito e intolerable.

Gozar del amor de Cristo representaba para él la vida, el mundo, la compañía de los ángeles, los bienes presentes y futuros, el reino, las promesas, el conjunto de todo bien; sin este amor, nada catalogaba como triste o alegre. Las cosas de este mundo no las consideraba, en sí mismas, ni duras ni suaves.

Las realidades presentes las despreciaba como hierba ya podrida. A los mismos gobernantes y al pueblo enfurecido contra él les daba el mismo valor que a un insignificante mosquito.

Consideraba como un juego de niños la muerte y la más variada clase de tormentos y suplicios, con tal de poder sufrir algo por Cristo.

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