¿Cuál es la peor lepra?

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Comentario al Evangelio — Domingo VI del Tiempo Ordinario


Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.
(www.joaocladias.org.br)
Presidente General de los Heraldos del Evangelio

La “lepra” del alma es más contagiosa y terrible que el mal de Hansen, pues arranca la paz de conciencia, amarga la vida y prepara la muerte eterna. Si fuera tan visible como la lepra física, ¡cuánto más repulsiva sería a nuestros ojos!


Evangelio:

Vino hacia Él un leproso que, suplicando de rodillas, le decía: ‘Si quieres, puedes limpiarme’. Enternecido, Jesús extendió su mano, le tocó y dijo: ‘Quiero, queda limpio’. Al instante desapareció la lepra y quedó limpio. Y amonestándole severamente, le despidió, diciéndole: ‘Mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirvas de testimonio’. Pero él, en cuanto se fue, comenzó a pregonar a voces la noticia, de manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios. Y acudían a Él de todas partes”. (Mc 1, 40-45)

I – Omnipotencia del Verbo

Jesúys cura al leproso

Jesús cura al leproso

Jesucristo dio a conocer su humanidad con su nacimiento en una gruta de Belén, con su hambre, sed o cansancio, e incluso cuando se durmió en la barca. Por otro lado, manifestó su divinidad a través de los innumerables milagros realizados, por ejemplo cuando calmó los vientos y el oleaje con el imperio de su Voz, o cuando resucitó a Lázaro. Cristo, como Ser infinito, es todopoderoso 1, y por eso, excluyendo lo contradictorio, todas las posibilidades son objeto de su poder. “Omnipotente” es el nombre propio de Dios (Gén 17,1), ya que basta su sola Palabra para producir a todas las criaturas (Gén 1, 3-30).


Los milagros de Jesús prueban su divinidad

Ahora bien, Santo Tomás de Aquinos enseña que, como la naturaleza humana de Cristo está unida a la divina, Él recibió como Hombre la misma omnipotencia que el Hijo de Dios tiene desde la eternidad, ya que ambas naturalezas poseen hipostáticamente una sola y única Persona. 2 La propia alma adorable de Cristo, no por sí misma sino como instrumento del Verbo, tiene completo poder. 3 Tal es la razón por la cual Cristo Jesús dominaba cualquier enfermedad (Mt 8,8), perdonaba los pecados (Mt 9,6; Mc 2, 9-11), expulsaba los demonios (Mc 3,15), etc. Por eso mismo, Él pudo afirmar: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18); y más tarde, San Pablo insistiría en este punto fundamental de nuestra fe: “Para nosotros es fuerza de Dios” (1 Cor 1,18); “Cristo es fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Cor 1,24); y más adelante: “nos resucitará también a nosotros por su poder” (1 Cor 6,14).

La fe en esa omnipotencia de Dios nos permite admitir más fácilmente las demás verdades, y de manera especial las acciones que sobrepasan el orden natural. Las obras excelentes y admirables guardan proporción con un Dios todopoderoso: “Porque nada hay imposible para Dios” (Lc 1,37).

Santo Tomás de Aquino nos dice: “Dios concede al hombre el poder de hacer milagros por dos motivos. Primero y principal, para confirmar la verdad que alguno enseña; porque las cosas que son de fe exceden a la razón humana y no pueden probarse por razonamientos humanos, sino que es preciso se prueben por el argumento de la potencia divina, a fin de que, cuando alguno realiza obras que sólo Dios puede hacer, crean todos que las cosas que se afirman proceden de Dios; como, cuando alguno lleva cartas selladas con el anillo del rey, se cree haber procedido de la voluntad real lo que en ellas se contiene. Segundo, para manifestar la presencia de Dios en el hombre por la gracia del Espíritu Santo; esto es, a fin de que, cuando el hombre hace las obras de Dios, se crea que Dios habita en él por la gracia, por lo cual se dice: ‘El que os da el Espíritu y obra milagros entre vosotros’ (Gl 3, 5).

“Pero fue menester que estas dos cosas se manifestasen a los hombres acerca de Cristo; esto es, que Dios estaba en Él por la gracia, no de adopción, sino de unión; y que su doctrina sobrenatural venía de Dios. Por lo tanto, fue muy conveniente que hiciese milagros. Por esta razón dice Él mismo: ‘Ya que no me creéis a mí, creed a las obras’ (Jn 10, 38); y ‘Las obras que el Padre me encargó llevar a cabo… dan testimonio en favor mío’ (Jn 5, 36)”. 4

Estos son los motivos que llevaron a los Apóstoles a creer en Jesús después del milagro en las Bodas de Caná de Galilea (Jn 2,11); y muchos otros más se sintieron impulsados a creer después de la resurrección de Lázaro (Jn 11,1-44).

El mismo Cristo cita sus obras como prueba de su divinidad: “Id y contad a Juan lo que habéis oído y visto: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados” (Mt 11,4-5). “Las obras que yo hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí… Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed por las obras, para que sepáis y conozcáis que el Padre está en mí y yo en el Padre” (Jn 10,25.37-38).

La Iglesia, un milagro permanentemente renovado

Sí, Jesucristo es el Hijo de Dios vivo, tal como afirmó Pedro en Cesarea de Filipo (Mt 16,16), y por tanto, omnipotente al igual que el Padre. Entre la multitud de sus milagros, ¿cuál habrá sido el más extraordinario? Aunque es difícil decirlo con toda seguridad, cierta conjetura ofrece una consistencia considerable y gran apariencia de ser la más probable.

La Santa Iglesia atravesó innumerables tragedias a lo largo de sus veinte siglos de existencia; tragedias capaces de hacer desaparecer cualquier estado o gobierno. Ya en sus albores tuvo que enfrentarse al “fijismo” religioso del pueblo judío.

La Redención se obró en el ámbito de dicha nación: las primeras acciones, organizaciones y proselitismo fueron efectuados por judíos —el propio Fundador, los Apóstoles, etc.— y exclusivamente sobre los israelitas. A pesar de todo, siendo una mentalidad blindada en sus propios conceptos, la Iglesia podía ser sofocada a poco de nacer. ¿Quién habría podido anticipar las decisiones del primer concilio, el de Jerusalén, que se aparta del judaísmo y se abre a todos los pueblos? Si el Espíritu Santo no hubiera inspirado a los Apóstoles en este sentido, ¿cuántos años de vida habrían sido concedidos a la Iglesia?

Pari passu, surgió la herejía de la Gnosis, que complacía las malas inclinaciones de aquellos tiempos; sus adeptos decían haber recibido la misión de explicar y resolver el problema de la existencia del mal en el mundo. Fue un gran peligro para la Iglesia en aquella fase histórica.

Si tratáramos de enumerar todos los ataques sufridos por la Iglesia a lo largo de estos dos milenios, sería un cuento de nunca acabar. Bástenos recordar las persecuciones romanas, la invasión de los bárbaros, el arrianismo, los cátaros y albigenses, Avignon, el Renacimiento, protestantismo y humanismo, la Revolución Francesa, el comunismo… O sea, la Santa Iglesia viene recibiendo los ataques más violentos que haya conocido la Historia, ya sea externa como internamente.

No obstante, nunca se ha podido decir que llegó el final. Esto sólo ocurrirá cuando se cumpla la profecía de Jesús: “Este Evangelio del reino será predicado en todo el mundo, en testimonio para todas las naciones. Y entonces vendrá el fin”“las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella” (Mt 16,18). (Mt 24,14). En orden a esta profecía, Él envió a los Doce al mundo entero para que predicaran y bautizaran, incluso en medio de las persecuciones, siempre convencidos de que

El Redentor afirmó además, tajantemente: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. […] Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos” (Mt 28, 18 y 20). Estos dos versículos muestran cómo la Iglesia ha existido, existe y existirá siempre gracias a un milagro, renovado permanentemente por las divinas y adorables manos de su Fundador.

La curación del leproso relatada por el Evangelio de este domingo VI del Tiempo Ordinario, ha de comprenderse teniendo en consideración la omnipotencia divina, tan claramente comprobada por los milagros del Hombre-Dios, Jesucristo, de manera especial el de la inmortalidad de la Santa Iglesia.

II – Cura del Leproso

Vino hacia Él un leproso que, suplicando de rodillas, le decía: ‘Si quieres, puedes limpiarme’”.

Jesús cura un ciego – Iglesia de Saint-Germain-l’Auxerrois, Paris

Jesús cura un ciego – Iglesia de Saint-Germain-l’Auxerrois, París

La lepra fue siempre una enfermedad dramática, de indescriptible sufrimiento físico y graves secuelas sociales. Además, en esos tiempos era incurable la mayoría de las veces.

La más temida de las enfermedades

Pequeñas manchas blancas, insensibles, en cualquier parte de la epidermis —las que con el tiempo degeneran en úlceras y se esparcen a través del cuerpo— pueden ser indicio de este mal. Cuando llega al auge, pies y manos se vuelven edematosos, se abren las carnes, se caen las uñas y luego se desprenden los dedos y tobillos. La cara toma rasgos monstruosos y se enronquece la voz. De las fosas nasales —puesto que la nariz se ha caído ya— escurre un líquido purulento que se mezcla con la terrible fetidez del aliento. Estos efectos acaban causándole a la víctima, aparte de dolores físicos, un abatimiento anímico tan formidable que lo conduce a la desesperación y por fin a la muerte. Pero si en cambio obtiene la curación, una blancura asombrosa cubrirá su cuerpo de alto abajo.

Por todo esto, la lepra era la enfermedad más temida por los judíos, y muchas veces la creían un castigo de Dios (2 Cron 26, 19-20); cuando se indignaban contra alguien, sólo le deseaban esta plaga en casos extremos (2 Sam 3,29 y 2 Re 5,27).

Al ser declarado impuro por el sacerdote, el leproso era inmediatamente excluido de las relaciones sociales. Debía irse al campo, pudiendo tomar contacto sólo con otros leprosos (Lc 17,12). No se trataba de vivir en presidio, puesto que en ciudades no rodeadas por murallas, podía entrar a las sinagogas e incluso quedarse en un rincón, aislado del resto por un muro o una rejilla, siempre y cuando ingresara primero y saliera en último lugar. Sin embargo, el desplazamiento se le hacía cada vez más difícil porque el mal penetraba lentamente en todo el organismo, alcanzando no sólo las carnes sino también los músculos y tendones, nervios y huesos. Para acentuar el tono trágico, con su voz gangosa cubierta por un paño de lino en la parte inferior del rostro, estaba obligado a gritarle a los transeúntes: “¡Tamé! ¡Tamé!” (¡Impuro, impuro!) para evitar que se le acercaran (Lev 13,45).

Con el avance de la enfermedad, progresa también la fe

El leproso del Evangelio de hoy debía tener un tanto de vida interior, hallándose habituado de cierto modo a la oración. Por eso, al arrodillarse manifiesta en el fondo la misma fe y humildad del centurión cuando dijo a Jesús: “Señor, no soy digno” (Mt 8,8). La escena recuerda también la oración del publicano en contraste a la del fariseo que sube al Templo para rezar. En los tres casos se trata de humildad auténtica, venida del corazón, pues Dios no soporta la hipocresía. ¡Cuántas oraciones habrá rechazado Dios a lo largo de los siglos a causa del orgullo farisaico con que fueron realizadas!

Con el avance de su ruina física, progresaba también la fe del leproso, al punto de creer en la omnipotencia divina y la infinita bondad de Jesús, al encontrarlo. Estaba seguro de que una simple manifestación de la voluntad del Salvador era suficiente para curarlo.

San Beda comenta esa humildad hecha de fe:

Y porque dice el Señor: ‘No he venido a destruir la ley, sino a cumplirla’, aquel, que como leproso estaba excluido de la ley, juzgando haber sido curado por el poder de Dios, indicó que la gracia, que puede lavar la mancha del leproso, no estaba en la ley, sino sobre ella. Y en verdad que, así como se declara en el Señor la autoridad de la potestad, así también en aquel la constancia de la fe. ‘E hincándose de rodillas, le dijo: Señor, si Tú quieres, puedes limpiarme’. Él se arrodilla cayendo sobre su faz, lo que es señal de humildad y vergüenza, para que cada cual se avergüence de las manchas de su vida; pero esta vergüenza no impide su confesión: muestra la llaga, y pide el remedio, y la misma confesión está llena de religión y de fe. Si quieres, dice, puedes: esto es, puso la potestad en la voluntad del Señor. No dudó de la voluntad de Dios como un impío, sino como el que sabe lo indigno que es de ella por las manchas que le afean”. 5

Si reconocemos nuestras miserias, como el Publicano, debemos reconocer también que el pecado es la lepra del alma. Si fuera tan visible como la lepra física, ¡cuánto más repulsiva sería a todos los ojos! Pero nada hay oculto para Dios, y así es como Él ve las almas de quienes se encuentran en pecado.

El leproso “vino hacia Él”. Ha comprendido que, para su felicidad, le bastaba acercarse al Salvador. Es de desear que suceda lo mismo con nosotros, es decir, que jamás desviemos nuestra mirada de Cristo.

Ternura, bondad y compasión del Divino Médico

Enternecido, Jesús extendió su mano, le tocó y dijo: ‘Quiero, queda limpio’. Al instante desapareció la lepra y quedó limpio“.

La reacción de Jesús no fue de extrañeza, mucho menos de desprecio ni de horror, sino de compasión. Así se manifiesta su Sagrado Corazón cuando le presentamos, con humildad y verdadero arrepentimiento, nuestras miserias.

Jesús cura un paralitico - Mosaico italiano de la Iglesia Ortodoxa de la Sangre derramada – San Petersburgo (Rusia)

Jesús cura un paralítico - Mosaico italiano de la Iglesia Ortodoxa de la Sangre derramada – San Petersburgo (Rusia)

Y al tocar al leproso, hace aún más evidente su ternura hacia él. “¿Por qué ‘le tocó’ el Señor, cuando la ley prohibía tocar a los leprosos?” —pregunta Orígenes, y responde— “Le tocó para mostrar que ‘todas las cosas son limpias para el limpio’ (Tt 1, 15), ya que la suciedad de unos no se adhiere a otros, ni la inmundicia ajena mancha a los inmaculados. Además le tocó para demostrar humildad, para enseñarnos a no despreciar a nadie, para no odiar a nadie, para no despreciar a nadie en razón de las heridas o manchas del cuerpo, que son una imitación del Señor y fue por lo que Él mismo lo hizo… Al extender la mano para tocarle, la lepra desapareció; la mano del Señor no encontró la lepra, sino que tocó un cuerpo ya curado. Consideremos ahora nosotros, queridísimos hermanos, que no haya en nuestra alma la lepra de ningún pecado; que no retengamos en nuestro corazón ninguna contaminación de culpa, y si la tuviéramos, al instante adoremos al Señor y digámosle: ‘Señor, si quieres, puedes limpiarme’ (Mc 1, 40)”. 6

En el mismo sentido comenta San Juan Crisóstomo: “Y no se contentó el Señor con decir: ‘Quiero, queda limpio’, sino que, ‘extendiendo su mano, tocó al leproso’. Lo cual es muy digno de consideración. ¿Por qué, en efecto, a la vez que limpia al leproso con su solo querer y palabra, añade también el contacto de su mano? A mi parecer, no por otra causa sino porque quiso mostrar también aquí que Él no estaba bajo la ley, y que en adelante, ‘para el limpio todo había de ser limpio’ (Tt 1, 15)… El Señor da a entender que Él no cura como siervo, sino como Señor, y no tiene inconveniente en tocar al leproso. Porque no fue la mano la que se manchó la lepra, sino el cuerpo del leproso el que quedó limpio al contacto de la mano divina”. 7

El versículo deja en claro que de parte de Jesús siempre está la omnipotencia divina ansiosa por salvarnos, con tal que no pongamos obstáculos. Por eso, si le oponemos resistencia y no sacamos provecho de las liberales disposiciones de nuestro Redentor para curarnos de nuestra “lepra” y santificarnos, los culpables seremos nosotros y nadie más que nosotros.

El carácter instantáneo de la curación demuestra el poder absoluto de su voluntad y nos hace suponer que el ex leproso, en su aspecto general, quedó más hermoso que antes de contraer la enfermedad. El acontecimiento nos llena de confianza, porque también podemos obtener la cura de nuestro orgullo, y de tantos otros defectos, si con ardor, humildad y perseverancia vamos al encuentro de Nuestro Señor Jesucristo, implorándole que se apiade de nosotros.

Por eso, jamás debemos desesperar de la cura para nuestras miserias espirituales. Por peores que éstas puedan ser, nunca podrán superar el infinito poder de Dios, a quien le bastará siempre un mero acto de voluntad. Mientras más insolubles parezcan nuestras crisis, más rutilante será la gloria del Divino Médico. Si recurrimos a Él encontraremos ternura, bondad y compasión.

Jesús completa la obra enviando la prueba a los sacerdotes

Y amonestándole severamente, le despidió, diciéndole: ‘Mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirvas de testimonio’”.

La caridad también posee como un santo pudor, semejante al de la virtud de la castidad, y por eso busca cubrirse de velos ante las miradas ajenas. A propósito de lo cual, comenta San Juan Crisóstomo: “De este modo nos enseña a no buscar como retribución, por nuestras obras, la honra entre los hombres. […] Le manda el Salvador al sacerdote para prueba de la medicina, y para que no estuviera fuera del templo, y pudiese orar en él con los demás. Le mandó también para cumplir con lo prescrito por la ley, y para acallar la maledicencia de los judíos. Así pues, completó la obra, mandándoles la prueba de ella”. 8

Estos versículos nos muestran el gran empeño de Jesús en que se observara la Ley. El beneficiario del milagro quería seguir a Nuestro Señor y no abandonarlo más, pero Cristo le habla en tono severo y amenazador, obligándolo antes que nada a presentarse ante los sacerdotes. Obtenida una curación tan brillante de una enfermedad que lleva a la muerte, se comprende que el antiguo leproso no quisiera apartarse, aunque fuera para cumplir unos tantos preceptos legales; pero Jesús no quería escandalizar a nadie, y por eso evitaba dar la impresión de que sus actos eran contrarios a las determinaciones de Moisés.

Ahora bien, en este caso la Ley disponía que el beneficiado con el milagro ofreciera tres sacrificios: uno de culpabilidad, otro de expiación y un tercero de holocausto (Lev 14, 10-13). Los ricos ofrendaban corderos y los pobres, aves. Estas medidas debían cumplirse con urgencia. Además, para quienes servían en el Templo era apostólico el hecho de tomar conocimiento rápido del milagro. Una vez que lo hubieran comprobado, le darían oficialidad reintroduciendo al ex-leproso en la sociedad, y si los acometía su acostumbrada envidia, no podrían acusar de nada al verdadero Mesías. Eso explica mejor la firmeza con que el Divino Maestro se dirige al recién curado: “Y amonestándole severamente, le despidió…”.

Con respecto a la necesidad legal de presentarse ante el sacerdote, podemos ver también cierta cercanía con la obligación de buscar la Confesión cuando alguien cae víctima de la lepra del pecado; sin embargo, hay que enfatizar la enorme superioridad del sacramento de la Reconciliación comparado al antiguo rito, ya que restablece la amistad del alma con Dios y consigo misma, obliga la restitución de los bienes mal habidos, impone al hombre un mejor conocimiento de sí mismo, etc. Asimismo, existen abultadas diferencias entre ambos sacerdocios. En la Antigua Ley, el sacerdote se limitaba a constatar y registrar la cura corporal; en el Nuevo Testamento el sacerdote no sólo constata la cura, sino que presta su laringe a Jesús para que Él la realice verdaderamente.

El Divino Maestro se quedaba en los lugares desiertos

Pero él, en cuanto se fue, comenzó a pregonar a voces la noticia, de manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios. Y acudían a Él de todas partes”.

Por más que el conmovido ex leproso hubiera comprobado la severidad del Divino Maestro, ésta no pudo frenar la exuberancia de su alegría. Partió a proclamar por todas partes la maravilla de la que había sido objeto por parte del Salvador.

Por eso, ya no fue posible que Jesús se mostrara en las ciudades. Se vio obligado a retirarse a los campos desiertos, lejos del gentío que lo aclamaba apenas lo encontraba. De esta forma, tuvo que abandonar durante cierto tiempo su intenso apostolado, pero dedicándose a la pura contemplación que tanto amaba. Esa contemplación, como sabemos, es causa de los buenos frutos de la acción, tal como comenta San Beda: “Después de hecho el milagro en la ciudad, se retira el Señor al desierto, para manifestar que prefiere la vida tranquila y separada de los cuidados del siglo, y que por esta preferencia se consagra al cuidado de sanar los cuerpos”. 9

III – Consideraciones finales

Hemos sido concebidos y nacimos bajo los estigmas del pecado original; por el pecado nos transformamos en enemigos de Dios. 10 Y si la lepra física afea el cuerpo, la del alma —el pecado— la vuelve horrorosa a los ojos de Dios, de los Ángeles y de los Bienaventurados. Esta “lepra” acarrea consecuencias hasta para el cuerpo, pues, como dijo Nuestro Señor, “el pecador se hace esclavo del pecado” (Jn 8,34), perjudicando con ello su propia salud física.

Efectos de la lepra del cuerpo y la “lepra” del alma

Si el leproso se vuelve un paria de la sociedad, condenado al aislamiento y el abandono, el pecado, a su vez, no sólo hace perder la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma del pecador, sino también lo excluye de la sociedad de los elegidos y los santos.

Además, la “lepra” del alma es más contagiosa que la física, pues puede propagarse incluso a distancia mediante palabras, conversaciones, pensamientos, escándalos, malos ejemplos, influencia, maledicencia, etc., y muchas veces de manera tal que no se logran reparar los males oriundos de su difusión.

Tampoco debemos olvidar que cuando los enfermos de este mal se comunican entre sí, no ya con los que están libres de la enfermedad, no acrecientan su desgracia. Pero con la “lepra” del pecado no sucede lo mismo: al causar contagio aumentamos nuestra culpa.

Por más que la lepra precipite en condiciones miserables que, de no ser tratadas, sólo desembocan en la muerte, el pecado es mucho peor, puesto que le arrebata al alma su paz de conciencia, la amarga y le prepara la muerte eterna.

Consideremos la gran superioridad del alma sobre el cuerpo. Ha sido creada como imagen de la Santísima Trinidad, y como obra maestra de las manos de Dios, lleva consigo además el precio infinito de la Preciosa Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Por esto mismo, los males del alma siempre son más graves que los del cuerpo.

Los estigmas del mal de Hansen, siendo físicos, son fáciles de reconocer para la víctima; en cambio el pecador, mientras más avanza en las tortuosas vías del pecado, se percata cada vez menos del abismo al que va rodando. Así, ¿cómo podrá obtener la cura?
Es terrible pensar también que los sufrimientos de un leproso abandonado a su propia suerte se acaban al fallecer; y si los aceptó con resignación y amor a Dios, abrirá sus ojos a la eternidad feliz. Los del pecador no sólo se perpetúan en la eternidad, sino que se vuelven incomparablemente más atroces después de la muerte.

No dejemos pasar un solo día sin recibir a Jesús Eucarístico

¿Cómo curar la “lepra” del pecado?

Muchos son los caminos que llevan a la curación total, es decir, la santidad plena. Sin embargo, existe uno que sobresale entre todos, y nos lo indica el Evangelio de hoy cuando afirma que el leproso “vino hacia Él”, o sea, fue en busca de Jesús.

“Nuestra Señora del Santisimo Sacramento” – Sacristia Papal de la Basilica de Santa Maria la Mayor, Roma

“Nuestra Señora del Santísimo Sacramento” – Sacristía Papal de la Basílica de Santa María la Mayor, Roma

No se trata de esperar que Jesús vaya hacia el pecador; es éste quien debe ir en busca del Señor. Y mientras más avanzado sea el estado de su “lepra”, más confianza debe tener en que será bien recibido. No debe permitirse jamás el mínimo asomo de desaliento, o peor todavía, de desconfianza.

¿Y dónde encontrar a Cristo?

Él no está de paso entre nosotros, como sucedió en la vida del leproso del Evangelio, sino de manera permanente: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos” (Mt 28,20). ¡Sí! Cristo se encuentra continuamente en la Eucaristía en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, y la Comunión frecuente —mejor aún, diaria— será el medio en que irá asumiendo interiormente a quienes lo reciben en su gracia, para hacerlos así cada vez más semejantes a su santidad.

Aquellas divinas y sagradas manos, cuyas caricias encantaban a los pequeños, y curaban a todos los enfermos a quienes se acercaban; esas mismas manos todopoderosas que calmaban los vientos y los mares, devolvían la vida a los cadáveres y perdonaban los pecados, estarán en lo íntimo de quien reciba a Jesús en la Comunión Eucarística, para santificarlo.

Es conveniente en grado sumo aceptar la invitación hecha por la Iglesia a todos los bautizados, en el sentido de no dejar pasar un solo día sin recibir al Señor Eucarístico; pero la acción de Jesús será todavía más eficaz en las almas que lo hagan por medio de Aquella que lo trajo a la Encarnación: su Madre que también es nuestra, María Santísima.

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1 AQUINO, Santo Tomás de – Suma Teológica, I q. 25 a. 2c.

2 AQUINO, Santo Tomás de – Suma Teológica, I q. 25 a. 3c.

3 AQUINO, Santo Tomás de – Suma Teológica, III q. 13 a. 1 ad 1.

4 AQUINO, Santo Tomás de – Suma Teológica, III q. 43 a. 1c

5 AQUINO, Santo Tomás de – Catena Aurea in Mc.

6 ORIGENES – Homilías sobre el Ev. de Mateo, 2, 2-3.

7 CRISÓSTOMO, San Juan – Homilías sobre el Ev. de Mateo, 25, 2 – Pg 57, 329.

8 AQUINO, Santo Tomás de – Catena Aurea in Mc.

9 AQUINO, Santo Tomás de — Catena  Aurea in Mc.

10 Denzinger-Hünermann, 1528.

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