El doble secreto

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A finales del siglo XIX un virtuoso sacerdote fue injustamente deportado a Siberia por guardar el doble secreto de la confesión y de la caridad. El hecho histórico es narrado por la prestigiosa revista “L’Ami du Clergé”, citando como fuente el periódico “Czas de Cracovia” de los días 10 y 13 de febrero de 1880.

En 1853, un sacerdote católico polaco —el padre Kobélovitch, párroco de Orativ, pequeña ciudad de Ucrania— fue condenado a ser deportado a Siberia.

Hasta entonces, el clérigo gozaba de la mejor reputación posible. Inicialmente, vicario de Biala Tserkva, había adquirido fama de excelente predicador y estupendo confesor.

Era considerado como uno de los más dedicados y notables sacerdotes en su diócesis. Nombrado párroco de Orativ, no tardó en ganarse la estima de todos y se entregó a fructíferas actividades.

Entre otros logros, reconstruyó y embelleció en un corto tiempo la iglesia parroquial.

Condenado a trabajos forzosos

De repente, para asombro de todos los que lo conocían, el padre Kobélovitch fue 1.jpg1404acusado de asesinato. Contra él existían las pruebas más aplastantes.

El administrador de una propiedad de Orativ fue asesinado con un tiro de fusil, disparado por un desconocido.

Inmediatamente, varias personas corrieron al presbiterio para llamar al párroco, que era tío de la esposa del administrador.

Era una noche de invierno. El párroco no se encontraba allá, sin embargo, su cama estaba todavía caliente.

En vano lo buscaron por todas partes. Después de una o dos horas, regresaron a su habitación y, esta vez, lo encontraron tumbado en la cama, durmiendo o pareciendo dormir. Le despertaron y le preguntaron dónde había estado una hora antes. Visiblemente perturbado, el padre Kobélovitch dijo no haberse ausentado y estar durmiendo desde hacía mucho tiempo… Esto despertó las sospechas que ni siquiera el dolor expresado por él, al serle anunciado el crimen, pudo desviar.

Se abrió una investigación judicial. Por indicación del organista, la policía descubrió, escondido detrás del altar, la escopeta de doble cañón del párroco. Era evidente que había sido utilizada hacía poco. Ante este conjunto de evidencias, ¿no era para detener al acusado del flagrante delito?

Consecuentemente, el sacerdote fue detenido y encarcelado. En el tribunal, protestó su inocencia, pero se negó a dar detalles sobre su ausencia en aquella hora de la noche. Esta negativa constituía prueba evidente en su contra. Así que fue condenado a trabajos forzados para el resto de la vida.

Antes, sin embargo, de ser deportado a Siberia, sufrió una pena aún más infamante. El obispo procedió a su degradación solemne, en una iglesia de Jitomir. Mientras tanto, en medio de la multitud que se agolpaba en el templo, sólo se veían rostros con lágrimas. Incluso el obispo, Mons Borowski, no consiguió retener las lágrimas de simpatía con el sacerdote.

En cuanto a éste, reafirmó su inocencia, sin añadir nada, y fue deportado al distrito de Krasnoyarsk.

Mientras tanto, la esposa del pristaf (Comisario de la Policía de Orativ) se volvió loca y, en medio de sus delirios, hablaba continuamente del sacerdote, de bautismo…

— ¡Él es inocente!… ¡Sálvenlo!… ¡Sálvenlo! —repetía ella.

No se le prestó atención. De hecho, ¿qué relación podría tener esas palabras con el caso del Padre Kobélovitch?

Y, poco a poco, se hizo silencio en la región respecto del condenado.

Veinte años después

En 1873, murió en Orativ el organista de la iglesia parroquial. Antes de exhalar el último aliento, pidió llamar a la autoridad judicial. Y luego, en presencia del juez y un gran número de personas, confesó que fue él, veinte años antes, quien mató al administrador, pues quería casarse con su esposa, habiendo ocultado la escopetadetrás del altar y dirigido las búsquedas de la policía a fin de levantar sospechas contra el sacerdote.

Al mismo tiempo, reveló el legítimo motivo de la ausencia del padre Kobélovitch. Contó como éste, en el momento del crimen, se encontraba en una aldea vecina, a pocos kilómetros de Orativ. El pristaf —que, en virtud del decreto imperial de 1836, había sido “convertido” a la fuerza para el cisma moscovita, pero se mantenía católico en secreto— había pedido al padre Kobélovitch que fuese, por la noche, a bautizar a su último hijo.

Durante el procedimiento penal, dicho funcionario, por temor a ser deportado a Siberia, no dijo nada en defensa del sacerdote injustamente acusado.

Más valiente, o dotada de una conciencia más delicada, su esposa quería revelar todo al tribunal, pero su marido la encerró en la casa, impidiendo que saliera. A continuación, enloqueció y fue internada en el hospicio Joulté-Dom, en Vilna. Hasta su muerte, dos años más tarde, la pobre mujer no cesaba de hablar de bautismo, de sacerdote, del papa ortodoxo, etc., implorando que se libertase al inocente.

Todo esto, sin embargo, se tomó como síntomas ordinarios de locura. Por último, el organista declaró que, después de la prisión del párroco, le había hecho una visita y le confesó su crimen.

Se trataba de una forma segura de prevenirse contra cualquier investigación, porque él conocía bien el carácter heroico de aquel santo sacerdote.

Por lo tanto, el padre Kobélovitch estaba sometido, desde hacía veinte años, a un castigo inmerecido.

Si hubiera querido, habría bastado una sola palabra para ser liberado. Hubiera podido fácilmente justificar su ausencia momentánea del presbiterio, revelando que él había ido a bautizar a un niño en el hogar del pristaf . Pero, con eso, habría comprometido a aquel hombre, violador de una ley injusta y odiosa. La caridad le pedía guardar silencio, y lo guardó.

Él conocía, por la confesión, al verdadero culpable. Con una simple palabra, sería puesto en libertad. Esa palabra, un sacerdote de Nuestro Señor Jesucristo no podía decirla, pues las leyes de Dios y las de la Iglesia lo prohíben.

Delante del tribunal y de su obispo, se limitó a declarar que era inocente.

Tan pronto como el organista terminó su revelación, se tomaron providencias para conceder la libertad al prisionero. Fue demasiado tarde: el heroico confesor había muerto algunos días antes. ¡Hasta el final de la vida, guardó el doble secreto de la caridad y la confesión!

El recuerdo de ese sacerdote permanecerá inmortal. A ejemplo de San Juan Nepomuceno, se inmoló por obediencia a la Santa Iglesia.

(Traducido de “L’Ami du Clergé”, n º 52, 23/12/1880, pp. 623, 624)

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