La necesidad de la conversión continua

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comentario al Evangelio – Domingo III de Cuaresma

Mons. João Clá Dias

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P

Dios es Paciencia y nos trata con longanimidad, dándonos tiempo más que suficiente para convertirnos. Pero siendo también Sabiduría y Justicia, sabe cómo y cuando castigar.

Evangelio

“ En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. Él les respondió: ‘¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos perecerán del mismo modo’. Y les propuso esta parábola: ‘Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?’ Pero él le respondió: ‘Señor, déjala también este año. Yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás’” (Lc 13, 1-9).

I – El amor incondicional de Dios a cada uno de nosotros

El hombre puede remontarse a Dios en cualquier momento por medio de la consideración del universo, de modo especial bajo el aspecto de la belleza, viendo en las criaturas reflejos del Creador. Sin embargo, muchos de nuestros contemporáneos viven ajustados a un ritmo de vida que los absorbe por completo, haciéndoseles difícil distanciarse del trajín diario y poder detenerse, aunque sea un instante, para admirar algo noble, sublime o hermoso capaz de elevarlos a la esfera sobrenatural.

Quien actúa de esta manera, demuestra ignorancia acerca del lado más profundo de la realidad, ya que Dios está en todas partes e íntimamente en todas las cosas 1: “En Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 28).

Dios quiere darnos la vida eterna

Dios es sumamente comunicativo y “no cesa de llamar a todo hombre a buscarle para que viva y encuentre la dicha”. 2 Desea entrar en contacto con nosotros y nos tiene un amor gratuito inconmensurable e incondicional, que perdona las infidelidades a tal extremo, que Nuestro Señor  afirma que hay más alegría en el Cielo por la conversión de un pecador que por la perseverancia de noventa y nueve justos (cf. Lc 15, 7).
“Juro por mi vida –oráculo del Señor– que yo no deseo la muerte del malvado, sino que se convierta de su mala conducta y viva” (Ez 33,11), dice
la Sagrada Escritura. Ese pensamiento expresado a través de la Revelación debe llenarnos de confianza, sea cual sea nuestra situación espiritual.

Máxime cuando la vida que el Señor quiere para nosotros no se agota en los límites de una existencia terrenal llena de deleite para los sentidos, situación que es, además de ilusoria, casi irrelevante ante lo que Él quiere darnos: una participación en la propia naturaleza divina. Dios nos creó para que gocemos de su plena y perpetua felicidad. Es imposible concebir una dádiva más grande.

Es imperativo no oponer obstáculos a la gracia
Dios ha elaborado desde la eternidad un plan específico para cada uno de nosotros y lo mantiene, incluso cuando no hayamos mostrado con Él la correspondencia que debiéramos. En su misericordia, el Señor ve lo que sería cada persona si siempre hubiera sido fiel a las gracias recibidas, viviendo en el auge de la perfección para la que fue creada.
Dios espera que un día nuestra vocación se haga realidad, y se sirve de los acontecimientos cotidianos para movernos a la conversión. Así,  aunque alguien se encuentre en un estado de extrema infelicidad por haber cometido una falta grave —o peor aún, por haber adoptado decididamente
la senda del mal— el Divino Juez no se apresura en castigar al pecador. Al contrario, aguarda pacientemente el momento adecuado para reconducir al hijo pródigo a la casa paterna.
Aún más, el amor de Dios por los hombres es tan incondicional que, ante el ansia salvífica del Creador, nuestra voluntad queda relegada a un segundo plano. Bien sintetizó esa realidad Santa Maravillas de Jesús en su célebre lema: “Si tú le dejas…”. Pues, para emprender el camino de la virtud hace falta, sobre todo, no oponer obstáculos a la acción de la gracia en nuestras almas. La santidad no resulta principalmente de nuestro esfuerzo, sino de una iniciativa amorosa de Dios.

Desde esta perspectiva debemos mirar la Liturgia de hoy, sacando provecho de sus enseñanzas.

II – Jesús invita a los judíos a la conversión

En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios.

Poco tiempo antes del episodio narrado en este Evangelio, cuando el pueblo estaba reunido en el Templo para la ofrenda de Pascua, algunos galileos, descontentos con la dominación romana, aprovecharon la gran afluencia de peregrinos para iniciar una revolución contra la autoridad del César.

Al tomar conocimiento del hecho, Pilato se indignó e hizo ejecutar a los rebeldes. Pero cuando los soldados entraron en el atrio del Templo mataron también, además de los promotores de la sublevación, a otros galileos que estaban allí para ofrecer los sacrificios de costumbre, derramando así sangre inocente. La noticia produjo un gran revuelo y algunas personas se fueron rápidamente a contárselo a Jesús. 3

A propósito del castigo temporal, alerta para la vida eterna

Él les respondió: “¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, acabarán de la misma manera”.

Los portadores de la noticia pensaban que Jesús, siendo galileo, tomaría partido naturalmente de sus compatriotas muertos. Quizá esperasen incluso que la brutalidad de la represión llevara al Divino Maestro a pronunciarse a favor del nacionalismo judaico.

Sin embargo, los pensamientos de Nuestro Señor se situaban siempre en un plano muy superior al de las disputas políticas. En su respuesta, Él no se compromete con los aspectos concretos de la situación; en cambio, se vale de ella para dar una lección moral, que Fillion sintetiza de esta manera: “Sin juzgar el procedimiento del gobernador, ni descender al terreno de las discusiones políticas, le recuerda a sus oyentes que, como todos ofendieron a Dios, están todos expuestos a los golpes de la justicia divina, mientras no se arrepientan y se conviertan sinceramente”. 4

Aquí nos deparamos con una primera actitud de Jesús para imitar: cuando un hecho de la vida cotidiana se reviste con un especial interés, evitemos analizarlo según los aspectos terrenos, y procuremos elevarnos hasta el plano sobrenatural, a fin de juzgarlo mejor.

De otro lado, en opinión de Leal y los demás profesores de la Compañía de Jesús, el tenor de la respuesta del Divino Maestro apuntaba a corregir una equivocación muy común entre los judíos de esa época, según la cual todo dolor era un castigo. 5 Pero solamente el Señor, enseña el Cardenal Gomá, “sabe si existe alguna relación entre los pecados personales y las desgracias ocurridas a alguien; los ejemplos de Job o de Epulón y Lázaro desmienten la teoría errónea y supersticiosa de los judíos”. 6

Al afirmar que aquellos galileos muertos no eran más pecadores que sus interlocutores, Jesús emplea un recurso psicológico para alertarlos más vivamente sobre la gravedad intrínseca del pecado y de las penas correspondientes. Pues, como afirma Maldonado, “Jesús intentaba advertir acerca de la pena eterna a sus oyentes impresionados con el relato de ese castigo temporal; como si les dijera: […] no reputéis como miserables a los hombres que sufrieron esa muerte corporal, sino a quienes sufrirán la muerte del alma, y ésta caerá con certeza sobre todos ustedes si no hacen oportuna penitencia”. 7

Un segundo caso aludido por Nuestro Señor

“¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos perecerán del mismo modo”.

En seguida, Cristo hace alusión a otra tragedia reciente: el derrumbe de la torre de Siloé, que mató a dieciocho personas que estaban en su interior. Esta vez la desgracia no vino de la mano de un acontecimiento político, sino de un episodio fortuito.

Aquí también rondaba la sospecha de que aquella calamidad fuera un castigo a las víctimas, pues la muerte accidental, según creían los judíos de entonces, sólo le sobrevenía al que hubiera ofendido gravemente a Dios. “Una desgracia de tal porte parecía mostrar la mano de la Providencia Divina como castigando sus pecados”, 8 comenta Maldonado.

Una vez más el Maestro les corrige: esos dieciocho no eran más pecadores que los demás judíos. Y les advierte nuevamente sobre la necesidad de convertirse.

Cumplimiento de las profecías de Jesús

“En el plan de Dios hay horas determinadas para consumar castigos o desgracias colectivas”, precisa el Padre Tuya. 9

Pocas décadas después del episodio que relata este Evangelio, la ciudad de Jerusalén fue sitiada por las tropas de Tito, y sus habitantes perecieron a manos de los romanos tal como los galileos del Templo.

El hijo pródigo - Iglesia de San Patricio

El hijo pródigo - Iglesia de San Patricio, Roxbury (USA)

El Cardenal Gomá subraya al respecto: “El propio recinto del Templo, como cuenta Flavio Josefo, se llenó de cadáveres durante el cerco de Jerusalén, ‘del mismo modo’, ofreciendo sacrificios”. 10 Y escribe Didon: “Es probable que los sabios de entonces, los saduceos, cortesanos del poder extranjero; los fariseos, que creían en el triunfo de Israel, en el orgullo ciego de su piedad sin virtud, sonrieran ante las amenazas del Profeta; el pueblo mismo, siempre más sensible ante el presente que ante el futuro lejano, no parece haberse impresionado con ellas.

“La profecía no tardaría mucho en verificarse: cuarenta años más tarde, los soldados de Tito degollaban en el Templo a los últimos partidarios exasperados de la independencia nacional; y las casas de Jerusalén, incendiadas, se desplomaban, como la torre de Siloé, sobre los habitantes de la ciudad impenitente.

“Ese futuro terrible en el cual se precipita la nación ya no abandona más el pensamiento del Profeta; lo conmueve y lo entristece más que su propia muerte; querría prevenirlo, desarmando las conciencias y abriéndolas a la voz de Dios. Si comprendieran el deber del momento renunciarían a los sueños terrenales que las ilusionan, acogerían la buena noticia del Reino, de Israel transformado, y dejando a los romanos proseguir su obra, se volverían el verdadero pueblo espiritual de Dios. Nunca se ofreció destino más sublime a una nación; nunca se dio muestra de ceguera más incurable. Jesús trataba de desengañarla en vano”. 11

Así, en el año 70, según varios comentaristas, se cumplieron las dos profecías incluidas en el Evangelio de hoy. El historiador judío Flavio Josefo, testigo ocular de aquellos acontecimientos, relata escenas dramáticas, como la de una madre que, movida por el hambre y la desesperación, asó en un horno a su propio hijo para comérselo. 12

III – La parábola de la higuera

Con el propósito de inculcar a fondo en el alma de sus oyentes la necesidad de una pronta penitencia, Jesús prosigue sus enseñanzas recurriendo a una parábola de fácil comprensión, puesto que la higuera era muy común en la Palestina de aquel entonces. Era costumbre plantarla en medio de los viñedos, y tanto las uvas como los higos secos constituían parte importante de la alimentación de los pueblos locales.

Imagen de los que no buscan hacer buenas obras

Y les propuso esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?’”.

La higuera suele dar frutos ya en su primer año, o a más tardar en el segundo. Pero ésta llevaba tres años sin producir nada. Por tanto, no había necesidad de esperar más tiempo para cortarla, porque una planta estéril, además de ocupar espacio, desgasta inútilmente el suelo.

La higuera De hecho, el árbol de la parábola simboliza a las personas que no se esfuerzan por realizar buenas obras, para vivir beneficiándose con las gracias de Dios, pero sin hacer fructificar esos dones. San Gregorio Magno afirma: “Quien no presenta frutos de buenas obras, según su cargo y condición, ocupa el terreno en balde, como árbol estéril, ya que impide a otros hacer el bien en el mismo lugar que él ocupa. […] En efecto, ocupa el terreno en balde quien pone obstáculos a las almas ajenas; ocupan el terreno en balde quien no se empeña en actuar según el cargo que tiene”. 13

Aquí encontramos otra aplicación para nuestra vida espiritual: a veces hay señales evidentes mostrándonos que Dios nos quiere en determinada actividad apostólica, para ampliación de su Reino. A pesar de ello, no hacemos nada, con lo cual incurrimos en una falta por omisión. A menudo esta clase de faltas pasan desapercibidas en nuestro examen de conciencia ya que, al estar demasiado volcados a nuestros propios intereses, ni siquiera nos damos cuenta de que pecamos cuando no producimos los frutos esperados por el Dueño de la Viña.

Este pasaje nos hace una advertencia: el dueño de la viña mandó cortar la higuera estéril. ¿No podría suceder algo semejante con cualquiera de nosotros?

Analogía con el pueblo elegido

“Pero él le respondió: ‘Señor, déjala también este año. Yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás’”.

La situación descrita en estos versículos es aplicada por los comentaristas al pueblo elegido. En este sentido afirma el Padre Tuya: “Así fue tratado Israel, cultivándolo repetidamente con avisos y profetas; en seguida el Bautista y por fin, Cristo, con sus doctrinas y milagros. Pero los dirigentes de Israel no lo reconocieron como el Mesías”. 14

En efecto, varias veces exhortó Dios a esa “higuera” en el Antiguo Testamento para que diera frutos, sin éxito. Ya estando muy cerca la época de la siega, envió al Precursor, como heraldo de la justicia divina, alertando: “Haced, pues, frutos dignos de penitencia […]. Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego” (Lc 3, 8-9). Más tarde Él mismo quiso fertilizarla con su preciosísima Sangre divina, que regó la Tierra entera.

Pero la “higuera” permaneció estéril. “El Señor buscó en ella frutos de fe, pero no tenía ninguno”, sentenció San Efrén de Nísibe. 15 Por eso afirma San Cirilo de Alejandría: “Luego de la crucifixión del Salvador, los israelitas fueron condenados a caer en las miserias que merecieron. Jerusalén sería capturada y sus habitantes muertos por la espada enemiga; sus casas serían quemadas y hasta el Templo de Dios sería destruido”. 16

No olvidemos, sin embargo, lo que hacen notar con toda propiedad los profesores de la Compañía de Jesús: “La aplicación es extensiva al hombre en general, porque la historia judía sintetiza la Historia de la humanidad”. 17

Sepamos encontrar, pues, las debidas analogías entre esta parábola y nuestra vida espiritual. Como acentúa un piadoso autor: “Nosotros somos esa higuera, injertados en Jesucristo por el Bautismo, plantados en su Iglesia por la Fe, […] cuidadosamente cultivados […]. ¿Procuramos corresponder a todo eso, produciendo los frutos que Él tiene derecho a esperar de nosotros?”. 18

Simbolismo en la figura del viñador

Los comentaristas atribuyen muchos simbolismos a la figura del viñador.

Afirma Teófilo: “Dios Padre es el dueño de la viña; el viñador es Jesucristo, el cual no permite cortar la higuera estéril, como si le dijera al Padre: ‘Aunque no haya dado frutos de penitencia por la Ley y por los Profetas, Yo los regaré con mis tormentos y mi doctrina, y tal vez produzcan frutos de obediencia’”. 19

El Cardenal Gomá lo identifica con nuestro Ángel de la Guarda, o con las personas suscitadas por Dios para dirigirnos, o hasta con cada uno de nosotros, porque “cada cual cuida de su viña”. 20

Y San Gregorio Magno se pregunta: “¿Qué significa el viñador, sino la orden de los prelados? Porque éstos, estando al frente de la Iglesia, están ciertamente cuidando la viña del Señor”. Y en seguida atribuye un inesperado simbolismo al trabajo del viñador: “¿Qué significa cavar alrededor de la higuera sino increpar a las almas infructíferas? En efecto, toda excavación se hace abajo, y es que la increpación, al ser realizada, humilla el alma; por tanto, cuando le increpamos a alguien su pecado, actuamos como quien, por exigencia del cultivo, cava alrededor del árbol estéril”. 21

“Si no, la cortarás”

Profeta Abdías

"Profeta Abdías" por Aleijadinho - Santuario del Buen Jesús de Matosinhos, Congonhas do Campo (Brasil)

El pasaje del Evangelio acaba abruptamente con palabras de terrible amenaza: “Si no, la cortarás”.

No faltaban en el Antiguo Testamento ejemplos de castigos severos que acreditaban esa advertencia: en tiempos de Noé, la tierra fue sumergida por las aguas del diluvio (cf. Gen 7, 17-24); Sodoma y Gomorra fueron destruidas por el fuego (cf. Gen 19, 24-25); las tropas del faraón perecieron ahogadas en el Mar Rojo (cf. Ex 14, 27-28). Dios es la Paciencia sustancial, pero también es la Sabiduría y la Justicia, y sabe cómo y cuándo intervenir.

Y en el Nuevo Testamento veremos a Jesús retomando la figura de esta parábola cuando, yendo de Betania a Jerusalén, tres días antes de su muerte, tuvo hambre y se dirigió a una higuera localizada a la vera del camino. Al no encontrar en ella más que hojas, le dijo: “Nunca más brote fruto de ti”. En el mismo momento la higuera se secó, dejando estupefactos a los discípulos (cf. Mt 21, 17-20). Conforme especifica San Marcos, la planta “se había secado de raíz” (Mc 11, 20).

Ese árbol estéril representa bien la historia de quien va abusando de la paciencia del Creador hasta el momento, desconocido para los hombres, en que su medida estará completa…

IV – Lo que Dios espera de nosotros

Dios nos trata con longanimidad, según las palabras de San Pedro: “El Señor tiene paciencia con ustedes porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan” (2 Pe 3, 9). Concede tiempo de sobra para que la tierra sea abonada y regada, es decir, para que las personas se conviertan.

Con todo, los terribles efectos de la Justicia divina presentados por la Liturgia de este 3er Domingo de Cuaresma nos invitan a examinar a fondo nuestra conciencia, para saber si estamos cumpliendo nuestro deber cristiano, asumido en el Bautismo. La invitación a la conversión que presenta este trecho significa caminar hacia la perfección, excluyendo cualquier apego al pecado, porque el bien sólo podrá nacer de una causa íntegra. 22

Los Doce Apóstoles

"Los Doce Apóstoles" - Fachada de la Catedral de Notre-Dame, París

Seamos conscientes de la necesidad de una continua y auténtica conversión, dado que la búsqueda de Dios exige del hombre todo el empeño de su inteligencia y la rectitud de su voluntad para corresponder a la gracia, sin la cual nada podemos hacer.

Y si por desgracia hemos incurrido en muchas faltas, no olvidemos que la Santísima Virgen y nuestro Ángel de la Guarda están siempre rogando por nosotros, para que Dios nos conceda otra oportunidad. Lo mismo hacen los bienaventurados, como afirma San Agustín en su comentario a esta parábola: “Todos los santos son como viñadores que interceden por los pecadores ante el Señor”. 23

Esta Liturgia —que nos advierte con tanta seriedad, pero también nos incentiva a tener una confianza rotunda en la misericordia divina— es muy apropiada, como antes dijimos, a un cuidadoso examen de conciencia. Así pues, aprovechemos el día de hoy para pedir la gracia de romper totalmente con el mal. Aquello que Jesús esperaba y hasta reclamaba de su pueblo, como se refleja en el Evangelio de hoy, es exactamente lo que quiere de cada uno de nosotros en este tiempo de Cuaresma. Vale decir, una gran virtud de penitencia y espíritu de compunción, necesarios a todos quienes no vivieron una perfecta inocencia.

Este dolor de los pecados propios, cuando redunda en una contrición perfecta, produce frutos hermosos y abundantes, como la plena remisión de nuestras culpas y de las propias penas temporales, y también un considerable aumento de la gracia santificante que hace avanzar rápidamente al alma en la senda de la santificación. Dicha contrición, además de brindar una gran paz interior, mantendrá al alma en estado de humildad, purificándola y ayudándola a mortificar sus desordenados instintos. Este es un espléndido medio para adquirir fuerzas contra las tentaciones y garantizar la perseverancia en la fidelidad a los Mandamientos.

¿Se quedará nuestra alma indiferente ante el clamoroso ejemplo de rechazo del pueblo al plazo concedido por el Salvador para su arrepentimiento y conversión? ¿Reaccionaremos como ellos, o imploraremos por medio de María ese verdadero don de Dios que es la contrición perfecta?

Didon hace el siguiente comentario del pecaminoso rechazo del pueblo elegido: “El fruto que Dios esperaba y reclamaba de su nación elegida era la penitencia y la fe, la penitencia que llora las infidelidades y las faltas, la fe que acepta la palabra de vida y da acceso al Reino mesiánico.

“Desde la primera hora de su vida pública, Jesús no dejó de recordar estos grandes deberes. Pero, a excepción de unos pocos elegidos, nadie responde; en lugar de golpearse el pecho, los jefes religiosos no hablan sino de su justicia; en lugar de creer en el Enviado, lo combaten, lo persiguen, lo difaman, lo amenazan y lo condenan. La venganza de Dios se acerca, pronta a descargarse si el Enviado desconocido no suspende su estallido. Mal lo imagina esta raza ciega, embriagada con ilusiones fatales que la palabra de Jesús no logra disipar, dormida en las promesas de Dios sin pensar que su endurecimiento vuelve estériles esas promesas y provoca la cólera celestial. Los milagros tampoco obtienen más que la palabra. Arrancan a la multitud algunos gritos de admiración, pero escandalizan a la clase dirigente que no ceja en oponer al Profeta las vanas observancias de su culto. Para los jefes todo está en eso; es preciso soportar su yugo arbitrario y sus extravagantes reglamentos, o incurrir en los agrios reproches de su fanatismo; alzan su casuística a la altura de la Ley de Dios. Liberarse de su tiranía humana es impío”. 24

Una vez más podemos preguntarnos: ¿reaccionaremos nosotros de igual manera? ¿O sacaremos todo el provecho no sólo de esta liturgia, sino de toda la Cuaresma?

Notas

______________________________________________

  1. AQUINO, Santo Tomás de – Suma Teológica, I, q. 8, a. 1, resp.
  2. Catecismo de la Iglesia Católica, nº 30.
  3. Diversos comentaristas antiguos, entre ellos San Cirilo (in Cat. Graec. Patri. apud Catena Aurea), identifican este episodio con la rebelión de Judas Galileo, contada por el propio San Lucas en Hch 5, 37. Sin embargo, autores más recientes como Fillion (Vida de Nuestro Señor Jesucristo. Madrid: Rialp, s/f, vol. 2, p.387) y los profesores de la Compañía de Jesús (LEAL, SJ, Juan; PÁRAMO, SJ, Severiano; ALONSO, SJ, José. La Sagrada Escritura. Evangelios. Madrid: BAC, 1961, vol. 1, p. 696) opinan que se trata de un hecho diferente, ocurrido poco antes del episodio que se relata aquí.
  4. FILLION, Louis-Claude – Vida de Nuestro Señor Jesucristo. Madrid: Rialp, s/f, vol. 2, p.387.
  5. LEAL, SJ, Juan; PÁRAMO, SJ, Severiano; ALONSO, SJ, José. La Sagrada Escritura. Evangelios. Madrid: BAC, 1961, vol. 1, p. 696
  6. GOMÁ Y TOMÁS, Isidro – El Evangelio explicado. Madrid: Casulleras, 1930, vol. 3, p. 244.
  7. MALDONADO, SJ, Juan de – Comentarios a los Cuatro Evangelios – II Evangelios de San Marcos y San Lucas. Madrid: BAC, 1951, p. 616.
  8. Ídem, p. 617.
  9. TUYA, OP, Manuel de – Biblia Comentada – II. Evangelios. Madrid: BAC, 1964, p. 857.
  10. GOMÁ Y TOMÁS, op. cit., p. 244.
  11. DIDON. Jesus Christo. Porto: Chardron, 1895, vol. 2, p. 320.
  12. FLAVIO JOSEFO. La conquista de Jerusalén por los romanos, in: Reportaje de la Historia. Barcelona: Planeta, 1968, vol. 1, pp. 131-132. Relatos semejantes ocupan las páginas 111 a 136.
  13. SAN GREGORIO MAGNO. Obras completas. Madrid: BAC, 1958, pp. 693-694.
  14. TUYA, OP, op. cit., p. 857.
  15. Comentario al Diatessaron, 14, 26-27. Apud: ODEN, Thomas C.; JUST, Arthur A. La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia. Madrid: Ciudad Nueva, 2000, p. 309.
  16. Comentario al Evangelio de Lucas, 92, 12. Apud: Ídem, p. 310.
  17. LEAL, SJ; PÁRAMO, SJ; ALONSO, SJ, op. cit., p. 697.
  18. L’Évangile médité. II. París- Lyon: Perisse, 1843, p. 552.
  19. TEÓFILO, apud AQUINO, Catena Aurea. IV. San Lucas. Buenos Aires: Cursos de Cultura Católica, s/f, pp. 334-335.
  20. GOMÁ Y TOMÁS, op. cit., p. 245.
  21. SAN GREGORIO MAGNO. Obras Completas. Madrid: BAC, 1958, p. 694.
  22. AQUINO, Santo Tomás de – Suma Teológica, I-II, q. 18, a. 4, ad. 3.
  23. SAN AGUSTÍN, apud MALDONADO, SJ, op.cit., p. 619.
  24. DIDON, op. cit., pp. 321-322.
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