Una mujer precedió a los Evangelistas

Comentario al Evangelio – Domingo de Pascua en la Resurrección del Señor.

Rvdo. P. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.
Presidente General de Los Heraldos del Evangelio

 

~ Evangelio ~

El primer día de la semana, muy de mañana, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio removida la piedra del sepulcro. Echó a correr y fue a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo y se dirigieron al sepulcro. Los dos co-rrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó antes al sepulcro. Incli-nándose vio los lienzos caídos, pero no entró. Tras él llegó Simón Pedro; entró en el sepulcro y vio los lienzos extendidos, y el sudario que había estado sobre su cabeza, no extendido con los lienzos, sino enrollado aparte, en su sitio. Entró entonces también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, y vio y creyó. Pues todavía no habían entendido que, según la Escritu-ra, debía resucitar de entre los muertos (Jn 20, 1-9).

Cristo ResurrectoI – VICTORIA DE CRISTO SOBRE LA MUERTE

“Este es mi hijo muy amado en quien he puesto mi complacencia…” (Mt 17, 5). Este amor infinito del Padre a su Hijo Unigénito sería suficiente para obrar su resurrección, pero además intervino en ella el brillo de la justicia divina, según Sto. Tomás de Aquino: “A ésta pertenece exaltar a los que se humillan por causa de Dios, según aquello (Lc 1, 52): ‘Destronó a los poderosos y ensalzó a los humildes’. Por eso, ya que Cristo, a causa del amor y obediencia a Dios, se humilló hasta la muerte de cruz, era preciso que fuera ensalzado por Dios hasta la resurrección gloriosa” (1).

Litúrgicamente ha sido posible presenciar otra vez, imbuidos de adoración durante la semana de Pasión, la aparente victoria de la muerte en el Calvario. Todos los que pasaban por ahí podían comprobar la “derrota” de Quien había manifestado tanto poder, no sólo en las incalculables curaciones, sino también en su paseo sobre las aguas o las dos veces que multiplicó los panes.

Los mares y los vientos le obedecían, y hasta los mismos demonios eran desalojados y expulsados por determinación suya. El mismo que había prodigado tantos milagros era crucificado entre dos ladrones; y ante sus extremos sufrimientos, “los que pasaban por allí le insultaban, meneando la cabeza y diciendo: ‘Tú que destruyes el Santuario y en tres días lo levantas, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!’ Igualmente los sumos sacerdotes junto con los escribas y los ancianos se burlaban de él diciendo: ‘A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. Rey de Israel es: que baje ahora de la cruz, y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere; ya que dijo: ‘Soy Hijo de Dios’” (Mt 27, 39-43).

Pero la manera en que había sido quitada la piedra del sepulcro y la desaparición de los guardias eran por sí mismas una prueba sensible de la derrota sobre la muerte, como el propio san Pablo comenta: “La muerte ha sido devorada en la victoria.¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?” (1 Cor, 15, 55). Los hechos subsiguientes dejaron todavía más en claro la triunfante resurrección de Cristo, y por eso los prefacios de Pascua cantan sucesivamente:

“Muriendo, destruyó nuestra muerte, y resucitando, restauró la vida” (I). “En su muerte murió nuestra muerte y en su gloriosa resurrección hemos resucitado todos” (II). “Inmolado en la cruz, venció a la muerte y, una vez muerto, vive para siempre”(III). “Destruida la antigua situación de pecado, en Cristo se nos otorga la integridad de la vida” (IV).

Esas frases conforman una secuencia de afirmaciones proclamando la victoria de Cristo, no sólo sobre su propia muerte, sino también sobre la nuestra. Él es la cabeza del Cuerpo Místico, y habiendo resucitado, necesariamente acarreará nuestra propia resurrección, garantizada por su presencia en el Cielo, por más que ahora estemos sometidos al imperio de la muerte. En forma paradójica, ese sepulcro abierto con violencia desde su interior dio a la muerte un significado opuesto, convirtiéndola en el símbolo de la entrada en la vida. Cristo quiso “aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo”, para así “libertar a cuantos estaban de por vida sometidos a esclavitud” (Heb 2, 14.15).

El alma de san Pablo desborda de alegría frente a la realidad de la Resurrección de Cristo. En ella encontramos nuestro triunfo sobre la muerte, tal como él lo dice: “Y como en Adán todos murieron, así también en Cristo todos serán vivificados” (1 Cor 15,22); “…ha resucitado de entre los muertos como primicia de los que durmieron. Porque como por un hombre vino la muerte, también por un hombre vino la resurrección de los muertos” (1 Cor 15,20-21).

En la Resurrección vemos cumplida en Jesús la profecía que había hecho él mismo poco antes de su Pasión: “Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera” (Jn 12,31). De hecho, para hablar con propiedad, el cumplimiento de esta profecía se inició durante los cuarenta días de retiro en el desierto y fue prolongándose paso a paso durante su vida pública al expulsar a los demonios que encontraba en el camino, llegando al ápice en su Pasión: “Y despojando a principados y potestades, los sacó valientemente a la vergüenza, triunfando de ellos en la cruz” (Col 2,15).

Posteriormente no sólo el demonio fue derrotado, sino también el mundo: innumerables paganos empezaron a convertirse y muchos dieron su propia vida para defender la cruz, animados por las luces de la resurrección del Salvador. Por ella, fueron recibidos en el Cuerpo Místico todos los bautizados que, revitalizados por la gracia y sin dejar de estar incluidos en el mundo, perpetuaron el triunfo de Cristo: “Confiad, Yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). Por tanto, se trata de una victoria ininterrumpida, dueña del mismo fulgor rutilante que en el día de su resurrección, sin la menor sombra de disminución. Con la redención, Cristo clausuró las puertas del seno de Abrahán después de liberar a las almas que esperaban en él la entrada a la dicha de la gloria eterna.

“Hæc est dies quam fecit Dominus. Exultemus et lætemur in ea! (2)

Esas son algunas consideraciones que facilitan comprender por qué la Pascua de Resurrección es la fiesta de las fiestas, la solemnidad de las solemnidades, ya que el misterio en ella presente se cuenta entre los más importantes para la historia de la cristiandad, tal como afirma san Pablo: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, y vana también nuestra fe” (1 Cor 15,14).

Por eso, en los albores de la Iglesia se consideraba a este período como el más importante del año entero. Los fieles se apiñaban en la Basílica de San Juan de Letrán para asistir a las ceremonias y era muy común entre ellos el cumplimiento con fórmula del “aleluya”. Hoy en día, a medida que palidecen las majestuosas conmemoraciones que dejaron su huella en los siglos, infelizmente se deterioró también el sabor de la gran importancia de las solemnidades pascuales.

La alegría será la nota dominante de esta celebración y se hará presente en los cantos, la vestimenta sacerdotal, el incienso y la liturgia misma. Si bien todos los domingos del año están dedicados al Señor, desde las eras más antiguas la Iglesia ha celebrado con júbilo especial el de la Resurrección; y tanto es su regocijo, que siempre lo extendió a cincuenta días seguidos, como comentaba Tertuliano: “Añadid todas las solemnidades de los gentiles, y no llegaréis a nuestros cincuenta días de la Pascua” (3).

Además, podemos asegurar que la Resurrección es la fiesta de nuestra esperanza, porque en ella encontramos no sólo el extraordinario triunfo de Cristo, sino también el nuestro. Pues, si él se levantó de entre los muertos, lo mismo sucederá con nosotros. Teniendo en vista este futuro triunfo, se nos convida desde ya a que abandonemos los apegos a este mundo, sin mirar para atrás, fijando nuestra atención en los absolutos celestiales, como nos aconseja el Apóstol con estas palabras seleccionadas para la liturgia de este domingo, en su segunda lectura: “Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él” (Col 3, 1-4).

El depósito de fe que nos legaron Jesús y los apóstoles acerca de este fundamental acontecimiento escatológico, es corroborado por estas palabras de Sto. Tomás de Aquino: “Al ver resucitar a Cristo, que es nuestra cabeza, esperamos que también resucitaremos nosotros. Así es como se dice: ‘Si de Cristo se predica que ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo entre vosotros dicen algunos que no hay resurrección de los muertos?’ [1 Cor 15,12]” (4). Y con eso tenemos una maravilla más para promover la exultación de nuestro instinto de conservación; instinto que logrará su plena realización en el fin de los tiempos, proporcionándonos la verdadera y eterna felicidad, garantizada por el propio Cristo Resucitado.

II – “DIOS LE RESUCITÓ AL TERCER DÍA Y LE CONCEDIÓ LA GRACIA DE APARECERSE…” (5)

María Magdalena, la que amaba más fervientemente al Señor

1 El primer día de la semana, muy de mañana, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio removida la piedra del sepulcro.

Santas Mujeres junto al Sepúlcro del Señor“Para el amor no hay imposible”, dijo santa Teresita del Niño Jesús. María Magdalena vivía embriagada de amor a Cristo y por eso no podía refrenar su ansia de adorar y perfumar su sagrado cuerpo. Se despertó de madrugada y, bajo la luz plateada de la luna, se dirigió al Santo Sepulcro: “No cabe duda que Maria Magdalena era la que más fervientemente amaba al Señor de entre todas las mujeres que lo habían amado; de modo que no sin razón San Juan hace sólo mención de ella sin nombrar a las otras que con ella fueron, como aseguran los otros Evangelistas”( 6).

San Juan, además de haber escrito este relato mucho después que los demás evangelistas, debe ser el más objetivo al afirmar que el Sol aún no había despuntado. Hay varios comentarios al respecto, como el de san Gregorio: “Con razón se dice: ‘Cuando aún era de noche’, porque, en efecto, María buscaba en el sepulcro al Creador del universo, que ella amaba, y porque no le encontró le creyó robado; y por consiguiente encontró tinieblas cuando llegó al sepulcro” (7).

Hermoso ejemplo para nosotros. Magdalena buscaba el adorable cuerpo de Jesús, yaciente en el sepulcro; a nosotros se nos concedió la inmensa gracia de recibirlo vivo en su estado de gloria. ¿Será que tenemos la misma y empeñosa solicitud y devoción en buscar a Jesús en la Eucaristía, apenas despertamos?

San Mateo relata con más detalle los antecedentes de esta llegada de María Magdalena a la tumba del Señor, mencionando el terremoto debido a la llegada de un ángel, en el fulgor de un relámpago, para quitar la piedra, y el consiguiente desmayo de los guardias por puro terror (cf. Mt 28,2-4).

Heraldo de la buena nueva de la Resurrección

Echó a correr y fue a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto».

San Pedro y San Juan llegan al Sepúlcro “Pedro y Juan representan la autoridad y el amor, la fuerza del gobierno y de la caridad. La Magdalena va a Pedro y Juan, en la congoja que de ella se ha apoderado a la vista del sepulcro abierto, a buscar dirección y sostén. Es una mujer amantísima del Señor, pero se reconoce incapaz de juzgar y resolver el asunto gravísimo que sus mismos ojos han planteado a su espíritu. Por ello busca la luz del consejo y el amparo de la caridad. En nuestras dudas, sobre todo en lo que ataña a cosas de fe, acudamos a los oficios de los que son de ella custodios natos, y que por su jerarquía serán nuestros guías y con entrañas de amor sostendrán nuestro espíritu” (8).

Por una determinación divina, la predicación del Evangelio desde su nacimiento fue encomendada a los hombres. Sin embargo, la Historia registra algunas pocas pero conmovedoras excepciones, como la que contiene el presente versículo. Se trata de la primera y fundamental verdad del evangelio; para comunicársela a los apóstoles, Dios no eligió un ángel, ni siquiera a un hombre. María Magdalena será el heraldo de la buena nueva de la resurrección del Señor. En seguida se repetirá esa evangelización a través de las otras santas mujeres.

San Agustín afirma con mucha propiedad: “Ama et quod vis fac” (“Ama y haz lo que quieras”). En ese acto de “imprudencia” yendo al sepulcro del Señor —todavía de madrugada, sin preocuparse de los guardias ni de la piedra que sacar, sin pensar que se trata de una acción contra la ley civil e incluso contra la misma ley natural— esas mujeres cumplen otro precepto: un mandamiento del amor, o sea, en la práctica realizan las palabras dejadas por Cristo. Todo se les perdona a ellas por el hecho de actuar con puro amor. El amor propio está ausente de sus almas. Cuando Dios se topa con el verdadero amor a Jesucristo, su Unigénito, él mismo se hace cargo de limpiar las manchas tan comunes a las acciones ejecutadas por la naturaleza humana decaída, transformándolas desde imperfectas e imprudentes a obras de santa y meritoria osadía.

Por eso, cuando san Juan relató el acontecimiento, “no privó a la mujer de esta gloria, ni creyó indecoroso que [ambos apóstoles] supieran por ella la primera noticia. Por su palabra van ellos con mucha solicitud a reconocer el sepulcro” (9).

Magdalena da su información usando el verbo en plural: “…y no sabemos”, lo cual demuestra que la descripción se armoniza con la de los demás evangelistas, puesto que san Juan intenta completar el relato que han hecho. Por tanto, Magdalena estaba acompañada por las otras santas mujeres.

Llegada de san Pedro y san Juan

Salieron Pedro y el otro discípulo y se dirigieron al sepulcro.

Los dos apóstoles se vieron en la obligación de certificar un suceso tan dramático como inusitado. Según san Gregorio, bajo un punto de vista místico, Pedro y Juan simbolizan a la Santa Iglesia y a la Sinagoga respectivamente.

Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó antes al sepulcro.

Magdalena contagió a los apóstoles con su amor desmedido, y ellos, asociados a los mismos sentimientos de amor, temor y esperanza, parten llenos de ánimo. Ambos corrían, pero el “discípulo amado” llegó con anticipación.

Inclinándose vio los lienzos caídos, pero no entró.

Vale destacar la correlación y cohesión entre las virtudes tan claramente reflejadas en este episodio. Se comprendería que san Juan, ante semejante acontecimiento, ingresara al sepulcro apenas llegó para analizar la situación. La curiosidad debía ser incontrolable, pero permaneció en el umbral por espíritu de obediencia, respeto y veneración, observando de lejos la disposición de las cosas. La virginidad conservada por virtud despierta el amor a la jerarquía, la disciplina y el orden. En este momento se aprecian las primeras luces de un dorado amanecer de la sumisión, por parte de toda la cristiandad, a la más alta autoridad erigida por Cristo en la tierra: el Santo Padre, el Papa.

Tras él llegó Simón Pedro; entró en el sepulcro y vio los lienzos extendidos, 7 y el sudario que había estado sobre su cabeza, no extendido con los lienzos, sino enrollado aparte, en su sitio.

Estos paños eran la sábana y las fajas utilizadas para envolver el sagrado cuerpo del Salvador después de haber sido retirado de la cruz. El sudario cubría su cabeza y más especialmente el rostro, que ciertamente se imprimió sobre él. Todo hace creer que los ángeles debieron manifestar una devoción particular por esta sábana que pasaría a la Historia con el nombre de Santo Sudario; por ello, lo doblaron con cuidado y lo pusieron aparte.

San Gregorio Magno elabora consideraciones muy curiosas y dignas de aprecio acerca del relato de san Juan, contenido en estos versículos:

“Esta descripción tan detallada del Evangelista no carece de misterio. San Juan, el más joven de los dos, representa la sinagoga judaica, y Pedro, el más anciano, la Iglesia universal. Aunque la sinagoga de los judíos precedió en el culto divino, sin embargo, la multitud de los gentiles precede en el uso del siglo a la sinagoga de los judíos. Corrieron ambas juntamente, porque desde su nacimiento hasta su ocaso, aunque en distinto sentido, corren juntas. La sinagoga llegó primero al monumento, pero no entró; porque aunque entendió los mandatos de la Ley sobre las profecías de la Encarnación y Pasión y muerte del Señor, no quiso creer. Llegó después Simón Pedro y entró en el sepulcro, porque la Iglesia de las naciones, que siguió la última, creyó a Cristo muerto en su humanidad y vivo en su divinidad. El sudario, pues, de la cabeza del Señor, no fue encontrado con los lienzos, porque Dios es la cabeza de Cristo, y los misterios de su divinidad son incomprensibles a la flaqueza de nuestra inteligencia y superiores a las facultades de la naturaleza humana. Se ha dicho que el sudario se ha encontrado, no sólo separado, sino envuelto, porque el lienzo que sirve de envoltura a la cabeza divina, demuestra su grandeza en que no tiene principio ni fin. Ésta es, pues, la razón por qué se encontró solo en otro lugar, porque Dios no se encuentra entre las almas que están divididas, y sólo merecen recibir su gracia las que no viven separadas por el escándalo de las sectas. Pero como el lienzo que cubre la cabeza de los operarios sirve para enjugar el sudor, puede entenderse con el nombre de sudario la obra de Dios, que aunque permanece tranquilo e inmutable en sí mismo, manifiesta que sufre y trabaja en la dura perversidad de los hombres. El sudario que había estado sobre su cabeza y encontrado aparte, demuestra que la Pasión de nuestro Redentor es muy diversa de la nuestra, porque Él la padeció sin culpa, y nosotros por nuestros pecados; Él se ofreció a ella voluntariamente, y nosotros la sufrimos contra nuestra voluntad. Después que entró Pedro entró Juan, porque al fin del mundo la Judea entrará también en la fe del Salvador” (10).

Pruebas de la resurrección

Santa Mar�a MagdalenaPor lo que se veía, Magdalena había sido objetiva en su espectacular mensaje. Pero, ¿tendría razón para levantar la idea de un robo del sagrado cuerpo del Señor? ¿Cuál sería, en tal caso, el objetivo de los ladrones? ¿Cómo habrían dominado a los guardias? ¿Quién habría ejecutado dicho crimen? Y si realmente había ocurrido esto, ¿por qué quitar las sábanas, las ataduras y el sudario? Además, ¿con qué motivo doblar cuidadosamente esos tejidos? La comprobación de todos estos pormenores sería suficiente para que ellos concluyeran la maravillosa resurrección del Señor, tal como él mismo la había profetizado, esto es, al tercer día.

San Juan Crisóstomo no duda en subrayar: “Esto era prueba de resurrección, porque si alguno lo hubiera trasladado no hubiera desnudado su cuerpo; ni si lo hubieran robado, los ladrones no hubiesen cuidado de quitarle y envolver el sudario poniéndolo en un sitio diferente de los lienzos, sino que hubieran tomado el cuerpo como se encontraba. Ya había dicho San Juan que al sepultarle lo habían ungido con mirra, la cual pega los lienzos al cuerpo; y no creas a los que dicen que fue robado, pues no sería tan insensato el ladrón que se ocupara tanto de cosa tan inútil” (11).

Santo Sudario de Tur�nA pesar de que hoy vimos con tanta evidencia la lógica de estas minucias, en aquella ocasión los testigos no hicieron la menor reflexión y ni siquiera se acordaron de las profecías hechas por el Divino Maestro a tal propósito. Así fue la reacción de la naturaleza humana antes de Pentecostés…

Entró entonces también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, y vio y creyó.

Los autores divergen sobre la interpretación del objeto de la creencia de Juan. Algunos piensan que él consideró que las pruebas eran suficientes para creer en la resurrección del Señor. Así lo hace Teófilo, por ejemplo, cuando comenta: “Admira en Pedro la prontitud de la vida activa, y en Juan la contemplación humilde y práctica de las cosas divinas. Con frecuencia los contemplativos llegan por la humildad al conocimiento de las cosas divinas; pero los activos, guiados por su fervorosa asiduidad, llegan primero al colmo de este conocimiento”(12).

Pero para otros, Juan creyó lo dicho por Magdalena, es decir, que el Sagrado Cuerpo de Jesús había sido robado, y nada más. La ida al sepulcro habría sido útil en extremo para confirmarlos en tal idea, lo cual ciertamente confirmó también sus preocupaciones.

Pues todavía no habían entendido que, según la Escritura, debía resucitar de entre los muertos.

Para sacar todo el provecho de este versículo, escuchemos los comentarios de D. Isidro Gomá y Tomás: “La Sagrada Escritura es como una carta de Dios dirigida a los hombres; pero los hombres no pueden interpretarla por sí solos: necesitan ser conducidos por la Iglesia, que es el intérprete nato y autorizado de las divinas Escrituras, para lo que tiene la luz y la asistencia del Espíritu Santo. Por esto dice Lc 24, 45, que Jesús, antes de subir a los cielos, ‘abrió la inteligencia de sus Apóstoles para que comprendiesen las Escrituras’. No presumamos, pues, leer estas regaladísimas cartas de Dios sin el sentido de Dios y sin la unión con quienes tienen la autoridad de Dios para interpretarlas. Sería condenarnos a la ignorancia, quizás a groseros errores sobre su contenido. Éste es el secreto de las caídas de quienes interpretan las Escrituras fuera de la Iglesia Católica” (13).

III – LA PRIMERÍSIMA APARICIÓN

Los evangelios callan sobre la primerísima y más importante aparición de Jesús después de su resurrección, tal vez por la discreción habitual en tantos otros pasajes. No sería demasiado pensar que, en su ilimitada humildad, la Santísima Virgen hubiera dado instrucciones muy precisas a los evangelistas en lo que a esto se refiere.

Hay un principio general de la Mariología que reserva para la Madre de Dios el privilegio de haber recibido en el grado más alto todos los dones y beneficios otorgados a los santos y que le sean convenientes. Ahora bien, no tendría sentido que el Salvador se apareciera a los apóstoles, discípulos y santas mujeres, sin haber dado primacía a la Santísima Virgen. Bien podemos concebir la grandeza de aquel encuentro entre la Madre y el Hijo resucitado… Que Ella interceda por nuestra resurrección en estado glorioso.


 
1.) AQUINO, Sto. Tomás de: Suma Teológica III, q. 53, a. 1 a.
2.) Este es el día que el Señor nos hizo. Alegrémonos y regocijémonos en él (Sal 117,24).
3.) TERTUALIANUS, Quintus Septimius Florens: De idolatria, c. 14.
4.) AQUINO, Sto. Tomás de: Ibidem, q. 53, a. 1 c.
5.) De la 1ª lectura para este día: Hch 10, 40-41.
6.) Apud AQUINO, Sto. Tomás. Catena Aurea.
7.) Ibidem.
8.) GOMÁ Y TOMÁS, Dr. D. Isidro: El Evangelio explicado. Barcelona, Rafael Casulleras, 1930, v. IV, p. 441.
9.) CRISÓSTOMO, San Juan. Apud AQUINO, Sto. Tomás de. Catena Aurea.
10.) AQUINO, Sto. Tomás de. Catena Aurea.
11.) Idem, ibidem.
12.) Idem, ibidem.
13.) Idem, ibidem, p. 442.

Una respuesta to “Una mujer precedió a los Evangelistas”

  1. Jose Angel Camacho Says:

    Para una seria y profunda reflexion de todo lo que creemos, ojalá con mucha humildad, reconozcamos nuestra necesidad y obremos en consecuencia.

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